En el año 2011 falleció mi madre después de una enfermedad tan cruel con la familia como es el Alzheimer. A poco de su partida, casi como una compensación o un milagro, viajé a Buenos Aires por un tema del trabajo. Ya de regreso, en una escala en el aeropuerto de Santiago, coincidí con Juan Paredes. Ambos nos habíamos visto y habíamos saludado eventualmente por coincidir en eventos musicales o de cierto corte político; pero la vida quiso que también compartiéramos asientos contiguos en el avión de regreso a Quito, y regresamos conversando desde Santiago como si fuéramos amigos de toda la vida.
Tal vez fue allí cuando plantamos la semilla de la amistad, aunque después no nos hayamos frecuentado mucho. Curiosamente, fue la traición cuántica, por llamarla de algún modo, la que terminó de unirnos. Yo no compartí con él las vivencias de la peña Nuestra América ni del Café Toledo. Lo conocía, como todo el mundo, como el vocalista chileno del conjunto Pueblo Nuevo. Sin embargo, en aquel viaje de avión se me reveló su personalidad fuerte y encantadora, su don de gentes y su amabilidad sin orillas.
Fue algunos años después, cuando la traición marcó el inicio de la debacle nacional, cuando comenzamos a reunirnos para cruzar ideas, y poco a poco pasamos de las reuniones ideológicas a las reuniones de amigos, a los festejos de cumpleaños en donde me atreví a cantar aquel vals argentino antiguo que yo conocí en la voz de Rubén Juárez y que él, nos contó, identificó con la voz de su padre y por eso se emocionó tanto cuando lo interpreté, “Bajo un cielo de estrellas”. Es curioso cómo puede bastar una canción para unir a dos personas. Y poco a poco, a punte de canto y guitarra, comenzamos a poner más música y menos charla en nuestras reuniones.
Desde hacía algún tiempo yo había querido cantar tango en escenario. Era uno de esos pendientes de la lista de cosas que desea hacer antes de morir. Un show de tango. Y entre reunión, conversación y algún que otro cumpleaños, se lo planteé. Ya otros se habían negado a acompañarme. Él no. Acogió el proyecto como cosa propia, y entonces vinieron las semanas y tal vez meses de reunirnos entre los ritmos más famosos del repertorio rioplatense para preparar el evento “Tango y poesía”. Y no fue solamente el tango ni la poesía lo que nos unió en aquel tiempo. Fue el café entre ensayo y ensayo, fueron las conversaciones y los recuerdos que se trenzaban entre las perritas Cleo y Jazmín, Eduardo Falú, las experiencias comunes de dos pasados repletos de música en común, los artistas que a mí me gustaban y él conocía personalmente, la pequeña Zoe que venía conmigo a los ensayos y se quedaba en brazos de la Emiliana hasta que su madre llegara de la universidad a darnos el encuentro.
El país se desmoronaba a nuestro alrededor. Ignoraba que poco tiempo después mi papá también se iría del mundo de un momento para el otro. El músculo apenas dormía y la ambición trabajaba a pasos agigantados. Pero pocas veces en la vida he sido tan feliz como cuando preparamos aquel espectáculo, y luego, cuando lo presentamos entre amigos que tal vez ya no lo son y otra gente querida, de esa cuyo cariño es imbatible y supera cualquier desencuentro o malentendido. Hay una foto que no sé quién tomó, en donde me veo mejor que en cualquier otra, y estoy con Juan, sonriente a mi lado, guapo y feliz por lo que habíamos logrado juntos en su ya legendario café…
A partir de aquel momento nos reunimos otras varias veces para cantar, ya sea en su café o en otros sitios. La destrucción de la patria avanzaba, y para colmo vino la pandemia y todo lo que aquello significó. Entre otras cosas, aquella crisis cardiaca en la que Juan tal vez estuvo a punto de irse, pero se quedó porque, como suele suceder, hay motivos para no irse. Entonces, según cuentan, le pronosticaron un año de vida.
Hoy, cinco años después, mi adorado amigo, mi entrañable guitarrista, mi músico favorito, mi acólito de mis proyectos locos nos ha dejado sin apenas despedirse. Habíamos hablado hace poco porque quería poner música a mis letras, pero no llegamos (o al menos no lo sé) a concretar nada. Y entonces el mundo se queda más vacío y de nuevo me siento huérfana y abandonada porque ya no podremos cantar juntos “Corazón maldito” u “Honrar la vida”, tal como lo hicimos cuando otro entrañable amigo se nos adelantó por el camino. Nuevamente regresan a mi mente las palabras de Alberto Cortez en una de sus canciones: “Que va a ser de nosotros, qué va a ser…”
Y sí: qué va a ser de mí, Juan querido, sin tu voz en el teléfono reprochándome no haberme quedado al after del aniversario de Pueblo Nuevo. Qué va a ser de mí sin tener motivo para regresar al Café de Juan o a la casa de la esquina que hacen la calle Salazar y la calle Tamayo para tomar café y ver cómo estabas. Qué va a ser de mí cuando quiera cantar algún otro tango y simplemente no te encuentre para el acolite guitarrero. Qué va a ser de mí cuando diga tu nombre y sepa que ya no pisas el planeta desvalido ante la arremetida fascista. Qué va a ser de mí sin tu sonrisa clara, sin tus ojos afectuosos, sin tu voz profunda de barítono bien cultivado. Qué va a ser de mí sin tu amistad y sin tu cariño, que eso era todo, amigo entrañable de la vida y de la música. Qué va a ser de mí cada once de agosto que ya no se pueda celebrar tu cumpleaños entre asados, risas, y las propuestas matrimoniales del Igor Jaramillo cada vez que cantaba y luego todos nos reíamos de su ocurrencia… Qué va a ser de mí ahora que te has muerto para siempre, Juan Paredes, qué va a ser de nosotros, qué va a ser…

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