Mostrando entradas con la etiqueta crímenes de odio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crímenes de odio. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de enero de 2025

SIN PALABRAS

 


El lugar más peligroso para vivir los negros es la imaginación de los blancos.

D. H. Hughley

Para escribir algo sobre los cuatro niños de Las Malvinas quisiera tener la violencia de un terremoto que derrumbe los cimientos del mundo que los condenó en el momento mismo en que nacieron en un determinado sitio, con un color de piel, en un país y una ciudad que solamente saben del prejuicio y de la superficialidad, en donde a pocos les importa que hayan sido buenos hijos, cariñosos, deportistas, cantores y bailarines, como todo niño, como el pequeño Steven cuya voz tal vez aún sonaba como el trino de un pajarillo sin saber del embate brutal que iba a quemar sus alas, su garganta y su rostro antes de que pudiera insertarse en el vuelo de la vida.

Para escribir algo sobre los cuatro niños de Las Malvinas quisiera tener el embate destructor de las aguas en torrente, arrasándolo todo a su paso, irrefrenables, incontrolables, la fuerza de las lágrimas de sus madres y padres, abuelas, hermanas, hermanos, tíos, primos, amistades y vecinos multiplicada por miles y millones, y así ahogar las voces que revictimizan, que se agarran del prejuicio para decir lo que todo el mundo sabe que es mentira, para sepultarlas en el fondo del abismo, así como la voz del joven Nehemías, que siempre estaba cantando y amaba hacerlo, quedó sepultada por una torpe maldad sin nombre ni sentido en el fondo del precipicio de la aberración inhumana.

Para escribir algo sobre los cuatro niños de las Malvinas quisiera tener la intención cataclísmica de un asteroide enloquecido que borrara de un solo trazo la cola de la mentira, la inconsciente inercia de la estupidez que no mira más allá de las narices de quienes la cometen y de quienes ordenan cometerla, la ciega brutalidad del cuerpo celeste que solamente sigue su paso sin que le importe a qué o a quién se lleva por delante, así como dieciséis hombres armados se llevaron por delante la luminosa carrera de futbolistas de Saúl e Ismael, que siempre se recordarán como adolescentes buenos y amorosos, más allá de lo que graznen los que solamente blanden la falsedad en su defensa.

Para escribir algo sobre los cuatro niños de Las Malvinas, o sobre Javier Vega, Aidita Ati, María Belén Bernal o los otros desaparecidos y desaparecidas, y ejecutados y ejecutadas extrajudicialmente de este y otros gobiernos y sobre sus familias rotas, sangrantes y abatidas por la crueldad inhumana de un país en guerra contra sí mismo, quisiera tener la ternura de la brisa que calma el agobio, la suavidad de la caricia que tenuemente cubre el hematoma, la tersura del beso que apenas hace saber que ahí se está, aunque sea para nada, apenas para estar, como tantos y tantas otras y otros desconcertados y consternados seres atenazados por la impotencia y la desesperación de mirar como todo se desmorona en nuestro entorno, aplastando a los más pobres y desvalidos, para empezar.

Pero, aunque he escrito algo, quizá pírrico e inútil, como cualquier palabra pronunciada en estos momentos tristes y sombríos, sé que no soy terremoto, vendaval ni asteroide desbocado. Apenas cuento con una brutal ternura que solo empuja lágrimas mientras miro mis manos inútiles en el teclado y me pregunto, como muchos, si esto acabará de acabarse en algún momento, y si es que lo veremos, y qué haremos entonces con los restos de lo que un día fuimos y luego nos negamos empecinadamente a volver a ser.


domingo, 19 de noviembre de 2017

delitos de odio

Dibujo de Pavel Egüez en homenaje a Exequiel (Samuel) Chambers

Si veis un pájaro distinto,
tiradlo;
si veis un monte distinto,
caedlo;
si veis un camino distinto,
cortadlo;
si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo...
si veis un hombre distinto,
matadlo.
Juan Ramón Jiménez

No quisiera decir nada que suene a lugar común. Nada que hiera la memoria de tu breve y aleccionador paso por el mundo. Nada que haga énfasis en el terrible momento del crimen que segó tu vida. No quisiera referirme al odio. Pero cómo, si fue ahí donde terminaron para ti las cosas en este mundo. Cómo no imaginar el pánico de tus últimos momentos, a manos de seres oscuros, tan oscuros y dañados que se ensañan de tal manera con alguien que solamente pretendía vivir a su manera. 

En otra parte dije que nunca te conocí. Y me habría gustado. Mis hijos te recuerdan (ahora con dolor, pánico e indignación) como alguien 'buena onda', que jamás tuvo un gesto de rechazo ni de daño hacia nadie. Solamente eras un niño sabio que había aprendido a vivir de un modo mucho más sano y respetuoso de la naturaleza y de los seres que otras personas. Te evoco como el Arcano 0 del Tarot, con todas las ganas de comenzar a estudiar Agronomía, feliz con la vida, llevando tu arte en un pequeño hatillo y seguido por uno de tus perritos a quienes tanto querías, como dicen. 

Me pregunto, ¿dónde estábamos todos cuando la más abyecta forma de odio se cernía sobre ti? ¿Tu familia, tus amigos, quienes decían amarte? Cada uno en lo suyo, supongo. En lo nuestro. Discutiendo por temas de política, tal vez. Procrastinando en las redes. Tratando de 'avanzar' en el éxito, en los negocios, en lo que sea. Pagando deudas, o ahorcados por ellas. Contaminando. Llenando este planeta de basura. Todas cosas con las que tú no quisiste contribuir, y no solamente en el discurso diario, sino atreviéndote a hacer realidad las normas de tu consciencia, de tu avanzada y elevada consciencia. 

Mientras esta ciudad se enteraba horrorizada de tu martirio, alguien denunciaba a alguien por un supuesto 'delito de odio'. Más allá de ser partidaria o no del acusado, obviamente la persona que ponía la acusación no tenía la menor idea de hasta dónde puede llegar el delito de odio. 

Tú sí. Tu cuerpo vejado y mutilado, sí. Y tu alma que de seguro ya ha trascendido hacia mejores regiones, también. Odio por no ser lo que el sistema dicta. Odio por ser demasiada luz anclada entre los reinos de la oscuridad. Odio por la autenticidad de tu amor, que nos entrostra todas nuestras pequeñas miserias. 

Me habría gustado conocerte, Samuel. Aunque ahora mi corazón estaría muchísimo más lastimado de lo que ya está. Sin embargo me habría contado entre aquellos privilegiados seres que pudieron sentir de cerca tu buena vibra, tu generosidad, tu amabilidad y la sencillez con que encarabas la vida que habías escogido en este mundo fatuo y deleznable. Ojalá a pesar de mi edad pueda aprender de tu ejemplo de vida y autenticidad y así homenajearte de la mejor manera posible.

Sé que las palabras no sirven de mucho, pero quisiera pensar que algo hacen, así como me gustaría saber que tras ese breve momento de horror que terminó con tu existencia física se te han abierto las puertas de una eternidad maravillosa, repleta de paz y luz para tu almita inmortal. Y me gustaría decirte, como el poeta cuyas líneas abren este pequeño y pírrico homenaje: 

lo que seas, que eres
distinto
(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre):
si te descubren los iguales,
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

viernes, 14 de noviembre de 2014

QUERÍAN SER MAESTROS


Raro, en este mundo de pragmatismo a ultranza, de interés por la ganancia más que por el servicio, de egocentrismo y falta de ideales. Porque además no querían ser cualquier clase de maestros: querían ser maestros rurales.
Las personas que vivimos en un aula, aunque no sea en el campo ni esté sumida en la miseria, sabemos de lo que se trata cuando se vuelve vocación: sabemos, para empezar, que sin humildad no se puede. En pocos días se nos revela que, en un aula, quien más aprende es quien pretende enseñar. Sabemos, para continuar, que las cifras, los datos, los procedimientos y otros elementos del ramo no son lo fundamental, y mientras las nuevas tecnologías nos quitan el lugar comprendemos que no se trata tanto de impartir conocimientos como de modelar maneras de estar en la vida, y que venimos a quitar seguridades, a derrumbar creencias y cambiar la perspectiva de la mirada que mantiene a la humanidad estática en muchas cosas, aunque parezca que por otras sendas avanza demasiado rápido.
Querían ser maestros. En un país en donde el narco es la medida de todas las cosas, optaron por la profesión menos reconocida, por la peor pagada, por la que quita el sueño y en muchos sitios se instala en el hambre y la preocupación.
Querían ser maestros, y como nos sucede a quienes escogimos esa tarea, en seguida se dieron cuenta de que, en este mundo, pocas cosas están en su lugar. Jóvenes, apasionados, idealistas, decidieron que cambiarían aunque sea la pequeña parcela de realidad que le compete a cada ser humano. No importa hoy si fue correcto o no. A la vuelta de la esquina, los esperaba el horror. Y se dieron de manos a boca con él.  
Hoy no sabemos dónde están, aunque lo sospechamos. Como buenos maestros, su sacrificio cotidiano está abriendo los ojos del mundo ante una realidad que la estulticia y la mojigatería pretendían esconder por los siglos de los siglos. Por buscarlos a ellos, se descubre el espanto de la tierra nutrida por su sangre. Como buenos maestros, hacen ver las cosas como son y nos dan la precisa perspectiva de la textura del mundo perfecto que nos mienten a todos.
Mientras se desentierran los secretos de las fosas alimentadas por un horror más allá de toda comprensión, en silencio y sin aspavientos, desde la tragedia de su desaparición, estos cuarenta y tres muchachos mexicanos hacen lo que todo buen maestro pretende: abrir los ojos del mundo a la realidad. Porque, aunque sea desde el martirio, querían ser maestros, y lo lograron.
Gracias, Maestros.