El otro día tuve un pequeño impase con un amigo que, en una red social, se refirió a un nefasto personaje de la vida nacional como alguien ‘de voz afeminada’. Me llamó la atención esa manera de forzar el eufemismo, y en seguida pensé que quiso decir otra cosa, pero le jugó el pudor. Cuando se lo puse sobre el tapete lo negó diciendo que solamente lo usaba como un descriptor. Y cuando insistí se molestó, así que preferí dejarlo ahí; pero obviamente se trataba de feminizar al insultado, o de disminuir su calidad de macho. Más allá de que cualquier otro insulto dirigido al personaje sería muy merecido, ¿por qué usar la feminización o lo femenino para ofenderlo o pretender ofenderlo? ¿A qué mujer se pretende insultar u ofender diciéndole ‘de voz masculinizada’?
Tal parece que dudar de la masculinidad de cualquier ser humano que haya nacido teniendo en sus cromosomas un par 23 marcado con las formas ‘XY’, es de las peores cosas que se le pueden decir. Por ejemplo, sabemos el Secretario de la Administración (entre once o doce cargos más) del actual gobierno pertenece a la comunidad LGBTIQ+ y no lo oculta. Aparte de esta característica, es un hombre de ética resbaladiza: mentiroso, hipócrita, malvado, artero y cínico, todos atributos que se le pueden endilgar, entre otros igual de nocivos, con absoluta certeza y sin temor a equivocarse. Sin embargo, en el momento en que le quieren ofender, lo primero que sacan a relucir es su orientación sexual, la más legítima e inofensiva de sus características. Y se hacen una serie de memes y otros productos comunicacionales caricaturizándolo como afeminado o afirmando que él y no la esposa del presidente funge de la mal llamada ‘Primera Dama’. Y de paso así pretenden insultar al actual mandatario de la misma manera, cuando también hay mucho material para el efecto, desde su proverbial incapacidad para decir dos verdades seguidas hasta su refinada y psicopática crueldad.
Cuando comenzaron, hace muchos años, los intentos para descalificar al presidente Rafael Correa, de igual manera, no se les ocurrió nada mejor que inventar un ‘círculo rosa’ (nótese el color) entre sus funcionarios, insinuando así que se practicaba al interno la homosexualidad e incluso que había alguna afinidad afectiva entre el gobernante y algún otro personero de su gobierno. Nunca se demostró nada; pero incluso si algo hubiera salido a la luz… ¿cuál habría sido el problema? Se lo tildaba con el apodo de ‘mameluco’, conduciendo también esto hacia otra orientación sexual. Y la única conclusión posible es que o la imaginación de los detractores era una verdadera piltrafa, o su homosexualidad latente tenía el tamaño del planeta Júpiter, lo cual habría sido lo menos censurable de sus repugnantes personalidades.
¿Por qué usar lo femenino, lo afeminado, la feminización como material de ofensa, escarnio o insulto? ¿Qué existe detrás de esa tendencia? Muchas veces, entre grupos de hombres jóvenes, y no tan jóvenes, en son de broma, se burlan entre sí con apelativos, sustantivos, pronombres y adjetivos femeninos. ¿Por qué? ¿Por qué la tan mentada ‘hombría’ (que nadie puede explicar exactamente en qué consiste) se considera la virtud por excelencia, mientras que lo femenino no solo se equipara con fragilidad, debilidad o cobardía, sino además como anormalidad y perversión? ¿No nacieron de una madre que los parió natural o quirúrgicamente con valentía ante el peligro y el dolor? ¿No lucharon muchas de esas madres con tesón y coraje frente a los avatares de la vida, muchas veces solas, para sacarlos adelante? ¿No tienen hermanas, amigas, esposas, hijas que todos los días les demuestran el valor, la fuerza y la maravilla de lo femenino?
Incluso algunas mujeres utilizan para agredir chistes y comentarios sobre la disfunción eréctil, sobre el tono de voz, sobre la actitud en general y, en resumen, sobre la falta de lo que supuestamente es la masculinidad, o comentarios y chascarrillos abiertamente homofóbicos para descalificar a la otra mitad de la humanidad. Y lo triste es que, si se les llama la atención sobre el asunto, te miran asombro y te responden con un desconcertado: “pero yo solo decía…” o el tristísimo “pero si es la verdad…”
Triste cosa es que lo femenino se presente como burla, escarnio, material de ofensa y descalificación. Triste que se lo defienda. Y más triste que las mismas mujeres terminen cayendo en esa aborrecible manera de insultar que termina mancillándonos a nosotras más que a ellos.
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