jueves, 6 de julio de 2017

usted


Se puede lo que se hace
Julio Cortázar

Entre muchas otras cosas, usted se convirtió en un excelente espejo de lo que somos. Cuando lo elegimos por primera vez tal vez no nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo, y muchos se fueron ‘arrugando’ por el camino, porque cada uno encontró en usted aquello que podía reflejar y mirar. Y no les gustó lo que veían.
En otra parte dije que se equivocó. Obvio. Por experiencia sé que solo quien hace algo se equivoca. Y que es equivocándonos como aprendemos quienes tenemos la buena voluntad de permitírnoslo. La tarea que usted se impuso era casi superior a las fuerzas humanas, y no se diga a las fuerzas de una sola persona. Quizá para cambiar la mentalidad de este país harían falta un par de siglos. Y ni así. Pero usted fue el único, al menos hasta donde yo conozco, que asumió esa pesada carga sobre sus hombros.
Quiso enseñarnos a vivir de otra manera. Quiso ordenar el caos institucional. Quiso entregar dignidad a los pobres. Pronto se topó con las inagotables tretas de los que medraban del caos, de las élites que temen perder medio centavo de sus emolumentos, de quienes en el asistencialismo y la limosna encuentran el camino más idóneo para su protagonismo, aunque sea a costa de los necesitados.
En el espejo que usted fue durante los diez años que duró su mandato muchos vieron prepotencia, arrogancia, egocentrismo, grosería, odio, revanchismo, resentimiento social. Bastantes más vieron a alguien que venía a dividir al país, y recuerdo esa cita bíblica en la que Jesús dice: “No he venido a traer la paz, sino la espada” (Mateo, 10:34), porque de eso se trataba. La espada de la carta número ocho del Tarot: La Justicia. Espada que hace un corte, que marca un antes y un después, que da un tajo limpio entre lo que es, lo que debe ser y resuelve lo que podría ser.
Nadie es perfecto, y usted no tenía, no tiene por qué serlo. Apenas fue y es alguien con buena intención y mucha voluntad de cumplirla. Uno de esos seres que se echan el mundo a la espalda, como Atlas, y finalmente reciben la factura que el heroísmo les pasa a sus protagonistas: ingratitudes, groseras críticas, calumnias, infundios, burlas y escarnios de todo tipo. Hubo quien se dedicó a ‘contar’ los supuestos insultos que endilgaba a sus detractores (hay gente desocupada en este mundo), aunque personalmente solo recuerdo haber escuchado una palabra soez en todos sus diez años de mandato. Será porque usted no necesitaba declarar a cada rato que no se ‘ahuevaba’. No sabía lo que era eso.
Personalmente, yo aprendí de usted la firmeza en la defensa de lo que se cree correcto. La inteligencia y la lucidez para argumentar. Eso de estar siempre adelante del ‘enemigo’ para sorprenderlo con una acción que lo desarmará antes de que pueda iniciar el ataque. La brillantez de su juicio. La consecuencia con los ideales.
Lamentablemente, el camino de la política se parece más a la oscura callejuela de un barrio marginal que al camino de ladrillos dorados que nos gustaría que fuera. Si se quiere sobrevivir hay que ensuciarse los zapatos, y a veces hasta los pies. Usted hizo cosas que no me gustaron, y otras que no puedo aprobar por más que me esfuerce. Sin embargo, qué puedo exigirle yo a alguien que se echó encima la titánica tarea de transformar un país que ya amenazaba con volverse inviable, algo que, sin ir muy lejos, yo no habría asumido jamás.
Nunca vi en usted odio ni prepotencia, y peor la ‘tiranía’ que sus detractores quisieron endilgarle a través de medios de comunicación y de un bien pensado discurso que todo el mundo repite con acuciosidad de papagayo sin pensar en el verdadero alcance de las frases hechas y de su escasa relación con la realidad. Vi energía, vi una asunción de la autoridad que otros no ejercieron porque se bamboleaban peligrosamente entre el despotismo y la blandenguería y el esbirrismo ante los poderes fácticos. Vi empeño y deseo de transformar lo que parecía casi inamovible. Vi un país que salió del marasmo provinciano del parentesco y la componenda hacia un orden y una organización que, sinceramente, ya parecían inalcanzables. Vi fe en el país y amor a los más pobres, y un casi desesperado deseo de trabajar por quienes realmente lo necesitaban.
Y sobre la tiranía, la vida me permitió conocer a un tirano de verdad a mediados de la década de los ochenta. Fue allí donde sentí ese viento helado del pánico al caminar por las calles oscuras de mi ciudad por las que cada cierto tiempo avanzaba uno de los camiones del “Escuadrón Volante” encargado de ingresar por la fuerza en las viviendas de los sospechosos de cualquier cosa y llevarlos a la tortura y a una probable desaparición. Mientras en aquellos años había temor incluso de levantar la mirada, durante los diez años de su gobierno todo el mundo dijo lo que quiso desde todos los medios posibles, y gritaron y vociferaron en todos los tonos y de todas las maneras que no había libertad de expresión reforzando así el absurdo de su afirmación.
De su paso por el gobierno me quedan algunas imágenes inolvidables que atesoraré mientras la vida y la salud me lo permitan: su llegada al balcón de Carondelet la noche del 30 de septiembre de 2010, triste y decaído, pero firme en medio de la difícil textura del momento; su gesto dolorido al abrazar a las víctimas del terremoto de abril de 2016; muchas imágenes compartiendo con niños, quienes se le apegaban con toda confianza y cariño (¿otra referencia evangélica?); pero sobre todo el día del último cambio de guardia, cuando la plaza grande se llenó de gente que fue a despedirlo entre aplausos, banderas verdes y lágrimas de gratitud.
En este momento hay neblina en torno a la imagen del futuro que desde su mirada y su esperanza soñamos para nuestro país, y nadie sabe cómo se darán las cosas el día de mañana. Sin embargo, en una hora no tan luminosa para nuestra historia, pienso que algún día le diré a mi nieto que él nació en la época del mejor presidente que ha tenido nuestro país, del que tuvo un sueño para el futuro y que valoró el potencial de este pequeño pedazo de tierra que, hasta que usted llegó, era un punto desconocido del universo, secuestrado por oscuros poderes. Le contaré que de usted aprendimos todo lo que es posible para esta, nuestra tierra. Y en mis horas finales me sentiré orgullosa y agradecida de haber vivido los diez años del mejor, del más grande y transformador gobierno que pudo haber tenido hasta el momento nuestro país: el de Rafael Vicente Correa Delgado. Gracias por existir, querido Presidente, de todos los que he visto, el único que merece ser llamado así, con todas sus letras, y con todas las ganas.

1 comentario:

Rocío Tanquina dijo...

Hermosas y muy sentidas palabras