Para Assange, Manning y Snowden...

En homenaje a Julian Assange, Bradley Manning y Edward Snowden:

jueves, 6 de octubre de 2016

la (mi) recuperación de rubén juárez (II)



Ahora sé, recién ahora,
distinguir la aurora del atardecer
Juanca Tavera

Un día, cuando decidimos dejar de ser paciente y terapeuta, mi hermano del alma Pancho Prado me obsequió un disco del gran Pedro Aznar llamado Caja de música. Allí Pedro cantaba un poema de Borges titulado “Buenos Aires”, y lo acompañaba en el bandoneón, así como en el recitado de los versos del principio, Rubén Juárez. No le presté atención. La voz que declamaba “Y la ciudad ahora es como un plano de mis humillaciones y fracasos…” era la voz de un hombre mayor, ya un poco rasposa, aunque bastante potente, nada qué ver con nada conocido. Lo que sí llamaba la atención era ese bandoneón enloquecido que llenaba todo el espacio sonoro disponible con una violenta y alucinante pasión. Me estremeció, pero no lo suficiente como para ponerme a averiguar nada, porque además mi vida se enfilaba entonces hacia diversos despeñaderos de los que por ahora tampoco vale la pena hablar.
Algunos años después, a fines de mayo de 2010, vi que mis amigos y conocidos tangueros lloraban sin consuelo en las redes sociales por el fallecimiento de un tal “Negro” Juárez. Vi las noticias, sin embargo, y más allá de los virtuales abrazos solidarios que suelo enviar a mis allegados cuando están sufriendo, no les presté mucha atención. Según yo, ese señor era un gran músico, pero nada entrañable para mí, como el Serrat, Susana Rinaldi, Mercedes Sosa, el mismo Pedro y otros más conocidos y escuchados en mi entorno.
Hace unos pocos días, ese gran cantor de tangos que es Martín De León vino a Quito y me invitó a un pequeño show que daba en la Creperola del Patio de Comedias. Fui, por ir, por cariño y también por nostalgia. Con Martín nos une como hilo invisible el amor por otra maravillosa artista y persona rioplatense: Alicia Crest, esa amiga que vivió ocho años en Quito y a la que todavía extraño con el alma. Pero bueno, en fin, disfruté mucho del show y  terminé llevándome un disco compacto que inmediatamente puse en el radio del auto para acompañarme durante el camino de regreso.
Mientras pensaba con nostalgia en mi amiga al escuchar sus letras en la voz de Martín, brotó de repente un vals tremendamente poético que me atacó directo al hipotálamo: “Tiempo de madurez”, decía en la tapa del disco, letra Juanca Tavera y música Rubén Juárez. Lo repetí sin cesar hasta llegar a la casa. Como ya era tarde, me fui a dormir, pero al otro día me puse a googlear a Rubén Juárez y vi al señor mayor que acompañaba a Pedro Aznar luciéndose con un bandoneón blanco en ese genial programa que es Encuentro en el estudio. Luego busqué el “Tiempo de madurez” para ver otras versiones aparte de la de Martín, y ahí fue cuando se dio el repentino viaje en el tiempo: de golpe, entre los compases del vals, me vi en la casa de la Jipijapa donde había ido a vivir a mis diez años, escuchando en “Argentina y su música” aquella preciosa voz que creía perdida para siempre. Mi corazón mirando al sur, me dije. La vida se enreda, se tuerce, nos lleva y nos trae, nos sacude, nos vapulea y nos eleva, pero sobre todo cuando menos lo pensamos nos conduce de regreso a eso que Armando Tejada Gómez llama “los viejos sitios donde (se) amó la vida”. Así que él era Rubén Juárez. Y ya se había ido. Ni siquiera había podido entristecerme. Ese “Tiempo de madurez” me atacaba directo a las glándulas lacrimales, como nunca pasó en los años de San Roque, ni en los de San Juan, ni en los de la Jipijapa. Me recorrí todo el Youtube, atarantada de emoción por lo que iba recordando y reviviendo, visité obnubilada la Wikipedia y cuantas páginas quisieran hablarme de él. Miré las fotos de aquel hombre joven, moreno y de hermosos ojos oscuros, tal como yo me lo imaginaba mientras las comprensiones me sacaban a trancos de la niñez. Y miré las fotos y los videos de aquel hombre mayor, con un notorio sobrepeso y un aspecto muy diferente al del joven, hasta que de repente sonreía, y sus ojos oscuros volvían a ser la maravilla de simpatía y ternura que de seguro habían hecho que todos sus amigos lo adoraran.
Rubén Juárez querido, donde estés, me cantaste tanto en la adolescencia sin yo saberlo. Adoré tu voz sin conocer tu nombre. Bailé a solas y a escondidas bajo un cielo de estrellas ignorando que ese era el título del bello vals  que le ponía alas a mi alma. Después te me perdiste entre los recovecos de los años. Mi amiga tanguera se fue. La vida hizo conmigo lo que quiso. No fui muy afortunada en el juego, y tampoco en el amor. Tuve hijos. Llegó un nieto. Escribí libros. Enseñé a adolescentes a amar la lectura y a ver el mundo por el lado del revés. Y sin saber, en una de esas vueltas del camino, reapareciste de cuerpo entero, ahora sí con nombre y apellido, a iluminar de nuevo mis días con el brillo de tu voz, con la dulzura de tu sonrisa y la enorme ternura de tus bellísimos ojos oscuros, más allá de la edad que hayas tenido cuando el gran misterio te arrebató de entre nosotros con la brutalidad de siempre.
Y así te recuperé, no importa cómo, solo para poder decir un "Gracias" a ti y a lo que sea que regule los pasos del destino, gracias por la compañía de la voz, de la música, y por las inevitables lágrimas que, en el tiempo de madurez, me hacen ver que, al contrario de aquella niña tímida del viejo patio del barrio de San Juan, ahora por fin ya sé dónde está mi corazón.

la (mi) recuperación de rubén juárez (I)





para Martín de León
Hoy, no sé,
Si es amor cada canción
Que guarda el corazón
Juanca Tavera

Esta historia, contrario a lo que se pudiera pensar, no ocurre en la vieja casa de San Roque, sino en un sitio igual de entrañable: la vieja casa de San Juan, como a un kilómetro de la otra. Esa era la casa de mis abuelos maternos, y de mi mami. Había un patio que un tiempo fue de tierra, y luego de cemento. Mis primos trazaron allí, con tiza, una cancha de fútbol que después alguien reforzó con pintura. En uno de los extremos de aquel patio había una piedra de lavar, y mientras alguien siempre lavaba a mano la ropa de la familia todos los niños jugábamos en el patio.
Corrían mediados de la década de los 1960 y desde la ventana de la cocina sonaba una radio portátil con algunas voces que poco a poco marcaban la memoria sentimental de cada día: Roberto Ledesma y su famoso “esa maldita pared yo la voy a romper algún día”, y otro, el inolvidable Alberto Podestá con sus quinientos metros de “Percaaaaal, ¿te acordás del percaaaaal?”, o Julio Sosa, homenajeado porque acababa de fallecer, recreando “La Cumparsita”, “El Choclo” y el “Rencor” que inunda la existencia de cualquier amante sufrido.
La verdad, no sé si es que yo entendía bien lo que rezaban aquellas letras provenientes de almas bastante atormentadas. Pero me encantaban y me conmovían hasta lo más hondo. Había una, espeluznante: “¿Dónde estás, corazón? No oigo tu palpitar; es tan grande el dolor que no puedo llorar. Yo quisiera llorar y no tengo más llanto. La quería yo tanto y se fue para no retornar”. Esa letra, en particular, era para mí, no porque nadie se me hubiera ido para no retornar, sino porque precisamente a mí se me dificultaba mucho llorar por intensos que fueran mis sentimientos de cualquier tipo, y desde la temprana edad de cuatro o cinco años ya me iba ganando una fama de insensible que no veas.
De otra cosa también me daba cuenta: había tangos y boleros. Y los boleros, por trágica que fuera la historia que contaban – cantaban jamás alcanzaban el dramatismo y la hondura de los tangos (con perdón de todos los boleristas que en el mundo han sido).
Esa música de infancia me marcó la vida, y fue de las cosas que comenzaron a cimentar la proverbial fama de ‘rara’ que tenía entre mis pares de generación, pues hasta que Joaquín Sabina apareció con aquello de la frente marchita, yo era la única de mi grupo que escuchaba tangos con verdadera devoción.
Y más, como (quienes me siguen lo saben) desde niña ya tenía la manía de contarme historias, mis historias se parecían mucho a letras de tango: muertes en la flor de la edad, enfermedades incurables, amores contrariados… Y llanto, mucho llanto, ese que yo no alcanzaba a concretar con la misma facilidad que mi mamá, mis abuelas o mis tías.
Pasó el tiempo. Tres de los cuatro abuelos se fueron para no retornar, llevándose grandes trozos de mi corazón, aunque nadie me hubiera visto llorar como exige la costumbre al uso (es tan grande el dolor…). Y nosotros también nos fuimos a vivir al norte de la ciudad, al sector llamado "La Jipijapa", en una casa sin patio de tierra, sino con jardín de retiro y dos pisos. Pero allí también había un radio. Y dentro del radio también habitaban muchos tangos. No recuerdo precisamente cuál era la emisora, pero durante todos mis años de secundaria y primeros de universidad, me acompañaba durante las mañanas un adorable programa llamado “Argentina y su música”. Era un programa como muchos sueñan que deberían funcionar las radios: ninguna voz humana si no era para cantar, y para cantar las músicas del patio de San Juan y de la casa de San Roque, reunidas en una sola deliciosa hora: zambas, chacareras, milongas lentas y rápidas, y sobre todo tangos a millares surgir. Nadie decía quién cantaba qué. Y no hacía falta. Lo que estaba ahí, eternizándose sin darse cuenta, era la indefinible emoción de ir comprendiendo cada vez más, junto con los dolores del crecimiento, después de cada ausencia para siempre, de cada sueño roto, de cada lacerante comprensión, de cada ilusión, de cada gratitud por ir sobreviviendo a los embates… en fin, ir comprendiendo el profundo sentido de esas poéticas quejas. Y también vino la información no solicitada: a algunos, como a Piero o a Los Fronterizos, ya los conocía de antiguo; pero poco a poco me fui enterando por ejemplo, que uno de los más alucinantes tangos se llamaba “Balada para un loco” y lo cantaba Roberto Goyeneche, o que aquella voz de mujer que erizaba todos los folículos pilosos del cuerpo pertenecía a una diosa de la música llamada Susana Rinaldi… y así.
Había, en particular, un tango que llegué a aprender de memoria en poco tiempo, y que registré  en un casete en cuanto la radio casetera llegó a nuestras vidas. Comenzaba: “Nací en un barrio donde el lujo fue un albur…” y… ¿adivinan? También hablaba de mí. De mi viejo de manos limpias y alma buena, del patio donde los primos trazaron la cancha de fútbol, de la dulce fiesta de las cosas más sencillas y cosas así. La voz era de hombre, timbrada, varonil y sin embargo tan conmovida como conmovedora. Y esa voz se repetía en otras letras, siempre con un brillo particular y con pequeños requiebros que solamente aumentaban su belleza. Me traspasaba el corazón, pero de buena manera, y ni siquiera sabía de quién era, aunque a veces me daba por imaginar a un hombre moreno, de bellos ojos negros detrás de las ondas del espacio radioeléctrico y el “scratch-scratch” de huevos fritos en el desgastado acetato de los discos.
Para contar lo que siguió tendría que escribir una autobiografía, y como son más de treinta años, la verdad, me da pereza, así que ni siquiera lo voy a resumir. 
(esta historia continuará...) 

domingo, 2 de octubre de 2016

un sitio seguro adonde ir



Éramos jóvenes. Casi adolescentes. Y estaba la música (ya saben, no quisiera regresar a las historias de la vieja casa del barrio de San Roque, pero a veces resulta inevitable, aunque no se preocupen, hoy no se hará). Estaba la música como esa presencia sagrada, sin que importara qué, ni quién, ni cómo. O bueno, siempre importaba, pero el gusto de los años universitarios era más bien ecléctico. Para la emoción y el éxtasis daba lo mismo un concierto de Brandeburgo, que la banda sonora de The Wall, o los poemas de Machado musicalizados por Serrat. Tan solo dependía del momento.
Y fue en uno de esos momentos cuando apareció aquella canción interpretada por una voz de hombre bastante juvenil. Y era de aquí, de Ecuador. Una música que para nuestra magullada autoestima como país sonaba como si fuera de otra parte. Así de buena se presentaba. La canción principal se llamaba “¿Adónde vas?” y acumulaba magia por toneladas en medio de su sencillez.
Por aquel entonces yo era una muchacha que estudiaba para ser profesora de literatura y que había ido saliendo despacio de la timidez cuando lo que escribía comenzó a gustarle a gente entendida en el asunto. No confraternizaba con la farándula y sufría por algunas de las mismas cosas que sufro ahora. También me alegraba y me extasiaba con las mismas cosas con que lo hago ahora, no se vaya a creer que era presa de algún extraño tipo de masoquismo. Y en ese ánimo cambiante de los años de la adultez temprana, la canción “¿Adónde vas?” marcaba un sendero, una dirección, exploraba un mundo que iba más adentro y más allá de las protestas sociales y de las quejas de amor no correspondido.
Eran tiempos de redefiniciones. Si bien íbamos acercándonos a la mitad de la década ‘perdida’ de los ochenta, la música latinoamericana en general eclosionaba en propuestas muy interesantes, por decir lo menos, y aquí en Ecuador aparecían también: Promesas Temporales, Jaime Guevara, y por supuesto el grupo Umbral, compuesto por Nelson García, Pancho Prado y Pedro Pino, con la canción que mencioné.
La vida siguió, o yo seguí la vida. Las historias de siempre: el trabajo, los amores, platónicos con más frecuencia de la deseada, las dudas existenciales, y la literatura y la música cobijándolo todo para volverlo llevadero y luminoso. Cada tanto, solía regresar a aquel casete en donde entre dos chasquidos de teclas mal sincronizadas se esparcían los sonidos de “¿Adónde vas?” acariciando el alma con la suave y a un tiempo tenaz esperanza que rezuman sus palabras.
Vinieron luego las tormentas esperadas e inesperadas de la existencia. Qué sabía yo entonces que una de esas tempestades me iba a conducir a conocer, no como músico, sino como psicólogo, a Pancho Prado que, por entonces, aparte de remendar almas laceradas y rasmilladas por los raspones del desamor y otras cosas peores, se encontraba preparando su primer álbum como cantautor solista. Qué sabía yo que el trabajo terapéutico me conduciría a conocer a quién sería uno de los mejores amigos (por no decir el mejor) con que la vida me ha podido regalar.
Pero eso está en el ámbito de lo privado. Y más allá de los movimientos emocionales que poco interesan a las multitudes, está el contacto con la música del dúo, o del grupo Umbral. Podría decir que también me honra mucho la amistad de Nelson García y de Pedro Pino. Pero más allá de eso, ya lo dije, está el talento, y no dentro de esa condescendiente frase que arropa el “talento nacional” con más conmiseración que admiración, sino el talento de verdad: el talento de quien pone cuidado y rigor a lo que hace, pero también lo hace amorosamente para con la música, para consigo mismo y para con el público que no se merece cualquier cosa para auparla con el pretexto de que es “talento nacional”, sino que espera y requiere de un trabajo de primerísima calidad, como es el trabajo que el pasado miércoles 28 de septiembre el grupo Umbral puso a consideración del público.
El Umbral es el sitio de paso. El límite superior de la sensibilidad. Y por él comenzamos a atravesar, casi sin saberlo, hace un cuarto de siglo de la mano de un par de jóvenes inquietos y talentosos que se la jugaron por el arte en un medio a veces un tanto hostil para cierto tipo de manifestaciones creativas. Ahora siguen aquí, igual de inquietos, igual de jóvenes (no es mentira ni ironía), igual de hermosos, igual de artistas e igual de talentosos. Y no sé en el caso de otras personas, pero en el mío particular, reviviendo con su arte y su genialidad lo que se pudo haber perdido de aquella joven universitaria que atesoraba su canción más conocida porque marcaba el rumbo de algún lugar seguro a donde ir sin miedo de perderse, ni de encontrarse.
Gracias por eso, Pancho y Nelson. Gracias, grupo Umbral. Que esta nueva puerta que se abre en estos días permanezca de par en par para su talento y su arte.

(La foto es de Ricardo Centeno) 

sábado, 14 de febrero de 2015

VÍCTIMAS HIPERBÓLICAS



Hoy por hoy, nuestro país está pendiente de algunas víctimas, a saber: un asambleísta negro, ex futbolista (y su familia, dice); un caricaturista; un payaso profesional; una página de Internet que se llama Crudo de nombre y Ecuador de apellido, y un Presidente de la República.
Da lástima pensar que la disputa política en nuestro país se haya reducido a una pelea de preescolares. Es el típico juego de “él me dijo que…”, en donde el otro contesta: “es que él me dijo que…”, y el otro no le deja terminar la frase al insistir: “pero él empezó”… O sea, parecería un conflicto entre gente que no ajusta el primer lustro de vida y todavía no puede pronunciar bien los fonemas vibrantes.
Ninguno de los implicados tiene la madurez suficiente como para mantener su dignidad frente a las impredecibles manifestaciones de la naturaleza humana. Las tintas se cargan sobre Rafael Correa (¡qué raro!), el gran culpable de cualquier cosa que haya sucedido de manera real o imaginaria durante los últimos ocho años: pero no es el único.
Y todos son víctimas, menos tal vez Tico-Tico, que es el que mejor ha mantenido el tipo en estos desaguisados, quizá porque recién entra a escena. Si nos ponemos a ver, es el que con mayor dignidad, entereza, madurez y discreción se ha comportado.
Empecemos por el niño que raya la pared y que lo hace todo con unas intenciones que se quedan cortas ante los mejores deseos de un ángel de la guarda para sus protegidos. Recibe un castigo frente al cual seguramente alguna reprimenda de su infancia habrá sido novecientas veces peor; pero es víctima, porque no le dejan expresarse. Y entonces, como buena víctima, aparece en las primeras planas de los medios privados blandiendo un lápiz del tamaño de un poste de luz con el que regala autógrafos a sus admiradores, y es uno más de los “pobrecitos perseguidos” de este régimen, que generalmente, en estos casos, persigue y hasta alcanza, pero suelta en un segundo a quien atrapa. Y entonces el perseguido lloriquea  porque no le permiten insultar ni difamar como lo mandan las sagradas e inamovibles leyes de la libertad de expresión.
Pero su agredido principal no se queda atrás. Al más puro estilo de la oposición que tanto agrede al Gobierno cuyo movimiento representa en la Asamblea, se va especializando ya en esa figura retórica altamente efectiva llamada la “tormenta en el vaso de agua”. Su familia está destrozada porque se han burlado de él. Y él, padre de familia, en lugar de enseñarles  a sus hijas la altivez y la entereza que todos necesitamos para superar algunos ineludibles tragos amargos de la existencia, les acolita en la más dolorosa victimización. Porque si al uno le han obligado a disculparse (snif, snif), los otros ya llevan varios meses sin poder superar el efecto de una simple caricatura. Hay que rogar al Dios del cielo que ni de broma les ocurra nada un poquito más complicado. Los destruirá.
También está ese personaje virtual llamado Crudo Ecuador. En una entrevista en la versión digital de algún periódico dice que desde que Correa lo mencionó en un enlace ciudadano no puede dormir. Que tiene miedo de salir a la calle, dice. Aquí, la primera pregunta que surge es ¿por quéf? Si ni siquiera sabemos quién es, qué cara tiene, a qué huele…  Solo sabemos que hace memes burlándose de políticos y que presupone que en una funda que Rafael Correa llevaba en un centro comercial de Ámsterdam había algo carísimo. No se entiende el miedo, si está visto que aquí las sentencias de este tipo no se cumplen porque de repente les da un ataque de magnanimidad y perdonan hasta lo más imperdonable, y que cuando alguien le hace a otro algo tan horrible como traumar de por vida a su familia con una caricatura (?), a lo más grave que se le condena es a disculparse en público.
Y entre las víctimas, para cerrar con broche de oro, está Rafael Correa. Damnificado de cuanta sandez se pronuncia como crítica no solo de su gestión, sino incluso de su vida personal. Rebajándose a pelear con quienes lo saben y se gozan con ello. Respondiendo a todo aquello que debería, dignamente, ignorar, para así quitarle el protagonismo que él mismo le proporciona al hacerle tanto caso. Desconociendo él mismo que bastaría con la mitad de su obra pública (por mencionar una sola cosa) para que la historia lo recuerde por los siglos de los siglos. Y olvidando, en medio de su ofuscación, que el más grande comediante de los tiempos modernos… fue un inglés.

jueves, 29 de enero de 2015

SER O NO SER PUTA


Parecería que una de las cosas más peligrosas sobre la tierra es la libertad de expresión sin un mínimo de discernimiento que permita entender hacia dónde se pueden ir las cosas. Y creo que eso es lo que sucedió con la campaña de la concejala Carla Cevallos.  
Más allá de la bondad o la maldad de algunos vocablos, parecería ser que la publicidad es un tema de estrategia. Y la estrategia, si no me equivoco, es un conjunto de acciones pensadas para lograr un objetivo. Al escribir en una valla publicitaria a la vista de todo el que pase por el sector (monjas, niños, señoras...) un slogan como: "Si puta es ser libre y dueña de mi cuerpo soy puta... y qué?" (a propósito, en castellano se usa signo de interrogación al principio), sería de ver qué se quería lograr. Supuestamente es una campaña contra el femicidio. Para reducirlo, para tomar consciencia. Para que haya menos de este espantoso crimen en nuestra sociedad. 
La pregunta es: ¿se logró? 
Lo que se logró es que gente ultracatólica, provida, CitizenGo y de calaña similar pusiera el grito en el cielo y organizara un quilombo destinado a que se retiraran las vallas. El debate sobre el femicidio, que habría sido algo enriquecedor se convirtió en un debate sobre la conveniencia de utilizar o no la palabra malsonante en un espacio público. Y ahí se quedó. 
No sabemos, ni nos consta, que un solo hombre haya desistido de cometer algún crimen contra su pareja, o contra otra mujer, después de haber leído la valla, lo que se supone que era el objetivo final de esta campaña. Lo que sabemos es que la pacata sociedad quiteña empezó a rasgarse las vestiduras como si la tal palabrita nunca atravesara los labios de nadie en nuestra vida cotidiana. Y de ahí no pasó. 
El femicidio quedó relegado por la victimización de la concejala después de recibir los reproches de la gente que se sentía ofendida porque asumía que la palabra "puta" le estaba dedicada (por algo será), y por la solidaridad de quienes consideraron excesivos los reclamos. Y se terminó retirando las vallas. La pregunta es: ¿se reduciría el femicidio en nuestro medio con los breves días que duró la campaña? ¿Se habría logrado reducirlo si las vallas quedaban un tiempo prudencial en su sitio? Posiblemente, no. Porque las cosas no iban hacia allá.
Matar una mujer, matar un hombre, matar a cualquier ser vivo, mamífero superior, está mal. Matar una mujer por el hecho de pensar que así se salvaguarda un orgullo masculino, por el deseo de coartar su libertad o de someterla es un crimen espantoso. Una cruz rosada en un determinado lugar habla de un dolor inconmensurable y de una violencia incalificable. Una mujer es dueña de su cuerpo, de su vida y de sus acciones. Estamos de acuerdo con eso. Y por eso mismo, pensamos que la previsión del femicidio pasa más bien por hacer tomar consciencia a los hombres y a la sociedad de que las mujeres, los hombres, las putas, los travestis, los niños de la calle y todo ser humano tiene derecho a que se respete su vida. Y hacerlo claramente. 
Crear una polémica vacía de sentido por el solo hecho de utilizar una palabra ofensiva no creo que haya sido la mejor manera de prevenir el femicidio. Si bien quien se considera 'puta' tiene todo el derecho de serlo y de hacerlo, la prevención de este terrible delito es cuestión de una estrategia menos exhibicionista y más profunda e inteligente.

martes, 27 de enero de 2015

EN CRUDO Y EN COCINADO


Ahora me ha provocado escribir sobre el impase entre Crudo Ecuador y el presidente Correa porque veo cómo las cosas se salen de madre y cómo los de siempre ya están pescando ballenas a océano revuelto, felices de que (una vez más) se les dé la oportunidad de escupir veneno en todas direcciones. Y, lamentablemente, quien les ofrece esa maravillosa oportunidad no es precisamente Crudo Ecuador, sino Rafael Correa. No es la primera vez que pasa. 
No solamente es Crudo Ecuador quien edita los famosos 'memes' contra el Presidente. Quienes seguimos confiando en que este régimen, con todo y sus falencias, ha sido lo mejor que, en materia de gobiernos, le ha pasado a este país, no siempre nos reímos. Debo decir que, personalmente, a mí me molestó mirar el famoso "meme" del centro comercial en Amsterdam por una sola razón que resumiré en tres palabras y dos signos ortográficos: ¿qué les importa? Y ampliaré: ¿por qué no persiguieron igual, por donde fueran, a Lucio Gutiérrez, a León Febres Cordero, a Fabián Alarcón, a Jamil Mahuad y a otros tantos que de seguro no salían de ningún almacén europeo con una sola fundita ni tenían la dudosa buena suerte de que dos ecuatorianos en el extranjero se quisieran tomar una foto con ellos (seguramente, entre otras cosas, nadie quería)? Todos ellos fueron inconsecuentes con sus discursos de campaña o de ofertas, y no solamente eso. Todos ellos, con la intención que haya sido, se constituyeron en auténticos tsunamis económicos y políticos para este país. Por otro lado, ni siquiera Mujica ha dejado de viajar, y seguro habrá comprado algún suvenir en alguna parte del mundo. Pero él no está en el foco de la atención, mientras se deje seguir utilizando como un señuelo de la derecha mundial para compararlo con los que supuestamente no lo hacen tan bien.
Existe un poco de refranes que aluden a lo que es y significa meterse a cambiar un país hecho de consecutivos desórdenes y conflictos a todo nivel, como es el nuestro: "El que se mete a redentor termina crucificado", "Ningún comedido sale con la bendición de Dios", "Palo porque bogas, palo porque no bogas". Y creo que Rafael Correa debió estar consciente de esto desde el principio. Sabía que iba a tener guerra, y que la guerra iba a ser a todo nivel, incluso en este: el artero y bajo nivel de las provocaciones. Y lo triste es que si no cae, por lo menos resbala. 
Por otro lado, están los argumentos relacionados con la validez del humor en su versión más ácida y sarcástica. Cabe recordar el origen de la palabra sarcasmo: proviene del griego, y su raíz está relacionada con un instrumento que se podría definir como estilete. Sarcasmo, como vocablo, tiene su origen en el hecho de rasgar la piel con un instrumento afilado. Obviamente, para realizar verbalmente esta actividad, hace falta un determinado tipo de aguda inteligencia, pero los sangrientos sucesos de este último enero en París nos hacen ver con claridad que la inteligencia, o al menos ese tipo de inteligencia, no solo no es suficiente, sino que resulta altamente peligrosa. Sin justificar para nada el asesinato de diecisiete personas relacionadas con el tema humorístico, pienso que hechos como el mencionado deberían llevarnos a reflexionar hasta qué punto el humor es disfraz válido para el hostigamiento y el odio. 
Justo en este día ha llegado hasta mí el estremecedor artículo de Arturo Pérez Reverte: "Esas jóvenes hijas de puta" en donde vemos los extremos del hostigamiento, y cabe una frase que me ha dejado perpleja por lo exacta: "Faltaba, claro, el Gólgota de las redes sociales". Porque eso son las redes: un monte Calvario donde se crucifica a diestra y siniestra, sin importar que el ocupante de la cruz sea una muchacha adolescente o un Presidente de la República. 
A estas alturas ya sé que muchos comenzarán a argumentar que Correa también se burla, que Correa también es sarcástico, que Correa también maltrata... porque siempre estamos más conscientes de lo que hacen los otros, y aunque hagan lo mismo que nosotros, lo criticamos en cabeza ajena. Porque si Bonil usa el sarcasmo en contra de Correa es inteligencia, pero si lo usa Correa en contra de Bonil es grosería; si Crudo Ecuador saca un 'meme' tendencioso contra Correa es un chistosito simpático, pero si Correa reacciona es totalitarismo. Si un twitero anticorreísta incita al magnicidio es que está en uso de sus derecho a la libertad de expresión, pero si un twitero correísta amenaza de muerte al anterior es un crimen de odio. Así funciona la opinión pública en nuestro país.
De todas formas, pienso la reacción del Presidente Correa ante los ataques de Crudo Ecuador u otro divertido humorista por el estilo no es la más conveniente. Y no es la más conveniente para él. También a Evo, a Dilma, a Michelle Bachelet y al mismo Mujica les han hecho esos 'memes', y hasta donde se sabe no han reaccionado de igual forma. Porque caer en la provocación es darle demasiado pábulo a la mala crianza. Y perseguir a los hechores de tales nada inocentes chistes es darle demasiada importancia a quien no la merece. Ya lo dijo el gran Freud alguna vez: "Para el odio, el desprecio". Cualquier otra reacción es demasiado.

viernes, 12 de diciembre de 2014

NADIE ES PERFECTO




Antes que nada, debo indicar que sigo confiando, y mucho, en Rafael Correa, y que todavía pienso que, puestos a evaluar, es el mejor gobierno que este país ha tenido en décadas, o tal vez en toda la historia. Sin embargo, como todo en esta vida, existen debilidades, problemas, situaciones que no son precisamente de lo mejor. Por supuesto, no estoy en esa línea que le exige perfección solo a él, nadie sabe por qué, y que vive a la que cae porque en realidad están en guerra.
Yo no estoy en guerra contra él, y sí me importa mi país, y por eso mismo quisiera señalar las que considero las más importantes debilidades de Rafael Correa como Presidente, y que además afectan a su gestión de manera no poco grave, pues aparte de no ser lo más adecuado, le brindan al enemigo argumentos bastante sólidos para seguir molestando con jota.
La primera gran debilidad de Rafael Correa es gramatical, y se puede resumir en una sola frase: un exagerado apego a los adjetivos. En realidad, va un poco más allá: se agarra de cuanta pelea se le pone por delante y desarrolla la situación con un prolífico uso de adjetivos y frases ídem. Olvida ese sabio refrán que afirma contundentemente: "Dos no pelean si uno no quiere". Sabemos que gran parte de la oposición se encuentra en la prensa privada, y sabemos que recurre a todas las tretas posibles para desprestigiar y desestabilizar a través de los medios de comunicación. Esto no es novedad (lo venimos viviendo siete años), sin embargo, humildemente pienso que, en lugar de hablar de "prensa corrupta", "caretucos", "amargados" y otros calificativos, simplemente el Señor Presidente podría batirse con la mera verdad, o sea, presentar la información de la siguiente forma:
1. Tal periódico (o periodista, o canal, o noticiero, o whatever...) ha dicho esto...
2. ... la verdad es esta...
3. ... y las pruebas son estas.
¿Para qué más? Aunque es legítimo y humano indignarse, con un desmentido elegante como ese no hay necesidad de enredarse en esa pelea que lastima los corazones de cristal de conspicuos comunicadores, gente delicada que se ofende hasta por lo que no se le dice (siempre que venga de Correa) y que después es capaz de pasarse décadas respirando por la herida hasta que se le infecte de verdad.
¿Qué habría sucedido, por ejemplo, si en el famoso incidente con un conocido cantautor la caravana presidencial hubiera pasado de largo dejando al artista con la mano alzada? Una de dos: u otra persona asumía que el gesto era contra ella y se armaba una pequeña gresca callejera sin importancia... o, sencillamente, no pasaba pero NADA, con gran decepción del infractor y gran tranquilidad del resto del país. ¡Pero no! ¡Tenían que trenzarse en un incidente que nos tuvo entretenidos durante quince días entre estas y las otras! Y lo peor, que no aportó nada al proceso ni nada a nadie, en últimas, salvo a los cazadores de conflictos y a los cizañosos profesionales de los que está compuesto un alto porcentaje del personal de nuestros medios de comunicación.
La segunda debilidad de Rafael Correa, y según mi modo de ver la más grave, es la imposibilidad de separar su fe religiosa de su gestión como jefe de un Estado Laico. Sobre todo en temas de salud sexual y reproductiva y en temas de género.
Desde mi pasado de niña educada en un colegio de monjas, recuerdo cómo se me adoctrinaba cuando aún no llegaba a los doce años, diciéndome que tenía que influir (léase manipuar) en mis papás para que votaran por listas y partidos de tendencia más bien conservadora porque si no nuestras almas se podían condenar. Desde mi pasado de adolescente en el mismo colegio, recuerdo cómo se nos decía que si el gobierno decidía despenalizar ('legalizar', afirmaban las madrecitas) el aborto, quienes votaban por ese gobierno irían a para en la quinta paila sin posibilidad de redención. Yo no me lo creí. Y no quisiera pensar que mi Presidente, en cambio, sí.
Es muy grave, por ejemplo, el hecho de nombrar directora de un organismo de prevención del embarazo adolescente a una persona que pertenece a una de las más conservadoras sub sectas del catolicismo, una persona que, por otro lado, puede ser muy brillante e inteligente en algunas áreas del hacer humano, pero que en toda la documentación relacionada con su evaluación de la mencionada situación en el país demuestra esa cerrada ignorancia propia del fanatismo. Es inconcebible que el Presidente hable de algo como la "ideología de género", concepto inventado por la iglesia católica para desprestigiar los Estudios de Género, y que desde el punto de vista de las ciencas sociales hace agua por todas partes.
Lo triste de esta circunstancia es que la gente a veces se aferra a sus debilidades pensando que son fortalezas. Sería bueno que el Presidente Correa revisara estas actitudes, sobre todo porque le están haciendo daño a un proceso al que gran parte de la población le apostó con mucha fe y que se ve ensombrecido por la cerrazón y la imprudencia en este par de temas. Sería muy triste que este proceso que mucho tiene de maravilla se viera afectado gravemente no por la cizaña externa, sino por la falta de toma de consciencia de las debilidades internas que pueden carcomer por dentro una de las más grandes esperanzas de cambio para un país pequeño y olvidado como siempre fue el nuestro.

NOTA: Si bien estoy consciente de que este blog no es tan visitado, quiero dejar expresa mi voluntad de que si alguien va a citarme lo haga sin descontextualizar y sin utilizar mis palabras, frases y expresiones aisladamente de lo que se ha expresado en el primer párrafo de este artículo.