domingo, 19 de noviembre de 2017

delitos de odio

Dibujo de Pavel Egüez en homenaje a Exequiel (Samuel) Chambers

Si veis un pájaro distinto,
tiradlo;
si veis un monte distinto,
caedlo;
si veis un camino distinto,
cortadlo;
si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo...
si veis un hombre distinto,
matadlo.
Juan Ramón Jiménez

No quisiera decir nada que suene a lugar común. Nada que hiera la memoria de tu breve y aleccionador paso por el mundo. Nada que haga énfasis en el terrible momento del crimen que segó tu vida. No quisiera referirme al odio. Pero cómo, si fue ahí donde terminaron para ti las cosas en este mundo. Cómo no imaginar el pánico de tus últimos momentos, a manos de seres oscuros, tan oscuros y dañados que se ensañan de tal manera con alguien que solamente pretendía vivir a su manera. 

En otra parte dije que nunca te conocí. Y me habría gustado. Mis hijos te recuerdan (ahora con dolor, pánico e indignación) como alguien 'buena onda', que jamás tuvo un gesto de rechazo ni de daño hacia nadie. Solamente eras un niño sabio que había aprendido a vivir de un modo mucho más sano y respetuoso de la naturaleza y de los seres que otras personas. Te evoco como el Arcano 0 del Tarot, con todas las ganas de comenzar a estudiar Agronomía, feliz con la vida, llevando tu arte en un pequeño hatillo y seguido por uno de tus perritos a quienes tanto querías, como dicen. 

Me pregunto, ¿dónde estábamos todos cuando la más abyecta forma de odio se cernía sobre ti? ¿Tu familia, tus amigos, quienes decían amarte? Cada uno en lo suyo, supongo. En lo nuestro. Discutiendo por temas de política, tal vez. Procrastinando en las redes. Tratando de 'avanzar' en el éxito, en los negocios, en lo que sea. Pagando deudas, o ahorcados por ellas. Contaminando. Llenando este planeta de basura. Todas cosas con las que tú no quisiste contribuir, y no solamente en el discurso diario, sino atreviéndote a hacer realidad las normas de tu consciencia, de tu avanzada y elevada consciencia. 

Mientras esta ciudad se enteraba horrorizada de tu martirio, alguien denunciaba a alguien por un supuesto 'delito de odio'. Más allá de ser partidaria o no del acusado, obviamente la persona que ponía la acusación no tenía la menor idea de hasta dónde puede llegar el delito de odio. 

Tú sí. Tu cuerpo vejado y mutilado, sí. Y tu alma que de seguro ya ha trascendido hacia mejores regiones, también. Odio por no ser lo que el sistema dicta. Odio por ser demasiada luz anclada entre los reinos de la oscuridad. Odio por la autenticidad de tu amor, que nos entrostra todas nuestras pequeñas miserias. 

Me habría gustado conocerte, Samuel. Aunque ahora mi corazón estaría muchísimo más lastimado de lo que ya está. Sin embargo me habría contado entre aquellos privilegiados seres que pudieron sentir de cerca tu buena vibra, tu generosidad, tu amabilidad y la sencillez con que encarabas la vida que habías escogido en este mundo fatuo y deleznable. Ojalá a pesar de mi edad pueda aprender de tu ejemplo de vida y autenticidad y así homenajearte de la mejor manera posible.

Sé que las palabras no sirven de mucho, pero quisiera pensar que algo hacen, así como me gustaría saber que tras ese breve momento de horror que terminó con tu existencia física se te han abierto las puertas de una eternidad maravillosa, repleta de paz y luz para tu almita inmortal. Y me gustaría decirte, como el poeta cuyas líneas abren este pequeño y pírrico homenaje: 

lo que seas, que eres
distinto
(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre):
si te descubren los iguales,
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

domingo, 29 de octubre de 2017

el peor de los pecados

Las élites no perdonan. Así de simple. Desde que el mundo es mundo, los dueños de todo (vaya uno a saber cómo lo obtuvieron) son implacables con aquellos que pretenden redistribuir las correlaciones de fuerzas sociales. Se la han pasado toda la historia de la humanidad, siglos más o menos, castigando con brutalidad variable a quienes pretendan que alguna vez los de abajo puedan tener oportunidades. Como cuentan con recursos, no escatiman en utilizar lo que sea para impedir este tipo de transformaciones. 

Ahora bien, claro que su discurso es otro: hablan de libertad, hablan de trabajo, hablan de oportunidades iguales para todos. Pero al hacer esto lo único que están probando es que tras eras y eras de mentir cada vez lo hacen mejor. 

Tienen, además, la sartén por el mango, y acólitos en puestos claves, ya lo descubrió un italiano inteligente hace casi un siglo: predicadores que satanizan a la política pero que cada vez que pueden meter cuchara en el tema lo hacen con todo el corazón, pseudo educadores que se dicen de 'izquierda' pero que desde que se tiene memoria han terminado votando por la derecha, y sobre todo medios de comunicación que van en dos vertientes: el embrutecimiento de las masas por un lado, y por otro la mentira selectiva. 

Estos últimos son los peores. Están bien aceitados, y se encargan de posicionar mentiras asquerosas como sacrosantas verdades. Aparte de que manipulan y seleccionan la información de acuerdo con las más protervas intenciones: ellos, mejor que los jueces, definen quién es inocente y quién es culpable. Ellos sentencian, opinan, establecen las agendas y ponen sobre la mesa las cartas que se tienen que jugar. Ellos son juez y parte de todos los procesos. Cuando les conviene, se vuelven víctimas y convierten en amenaza de muerte cualquier parlamento de algún indignado; pero la mayor parte de tiempo son verdugos: groseros, maleducados, displicentes, dignos voceros de quienes permanecen en la sombra dictando sus agendas y premiando su divorcio con la verdad. 

El peor de los pecados, para esta gente, es pretender mejorar las condiciones de vida de los pobres, intentar volver más justa la distribución de oportunidades y privilegios. Bueno, no el peor: el peor, hablando en plata, como dicen por ahí, es conseguirlo. Como fieras hambrientas, ellos y sus acólitos intentan despedazar a quien lo haga desde todos los frentes posibles. Y si alguien lo logra, se acurrucan en la sombra para planear la destrucción y volver a detentar el poder. No importa el costo. Lo estamos viendo. Cómo alguien se atreve a confrontarlos, a señalarles sus errores, a poner en evidencia sus falacias, su procacidad, la podredumbre de sus almas. Cómo cualquier 'muerto de hambre' (lo han dicho) aspira a gobernar en lugar de sus 'notables' o sus próceres. Acabarán con él o con su obra a costa de lo que sea. No importa a quién tengan que comprar (de hecho, cuentan con todo el dinero del mundo, y es literal). No importa si tienen que poner a cualquier fantoche como presidente de la república para lograrlo. Mentir es su más grande destreza. Sobornar su mayor éxito. Enseñorearse ilegítimamente de lo que es de todos, su finalidad última.

domingo, 15 de octubre de 2017

con mis hijos no te metas


Es de suponer que de todas las personas que marcharon el día de hoy con la etiqueta #ConMisHijosNoTeMetas tal vez no han visto la película Duda, o la película Spotlight, ambas galardonadas por la Academia de Hollywood y que abordan el espinoso tema de la pedofilia al interior de la iglesia católica. O si las llegaron a ver, no las comprendieron por ningún lado. Es de suponer también que no conocen algunos episodios de la propia historia de su religión, en donde el horror muchas veces se vuelve patente hasta colindar con la repugnancia. 

Sin embargo, estas personas de buena voluntad marcharon hoy por algunos motivos. Entre los más importantes se sitúa un tema absolutamente imaginario: la supuesta imposición de lo que ellos llaman 'ideología de género'. Y según ellos mismos, la ideología de género consiste en negar la intención de Dios de crear al ser humano como hombre y mujer y, a partir de eso, proponer un montón de preversiones que para nada existirían si una parte de la gente no se hubiera dado cuenta de que, más allá de lo biológico, también se crean constructos sociales, culturales e incluso religiosos (sobre todo religiosos) relacionados con el desempeño de cada individuo en relación con los estereotipos impuestos a su sexo. 

Entonces resulta que marchan por algunas cosas relacionadas con esta supuesta 'aberración'. No me referiré a todas, sino a algunitas, que son las peores o las que se caen más de su peso: 
  • Bueno, la principal: la famosa ideología de género. La tal ideología de género es una invención de la iglesia católica y de otras denominaciones cristianas. Es decir, son las iglesias cristianas sus creadoras. Critican la aparición de lo que en ámbitos académicos de las ciencias sociales se llama los "estudios de género", y que están destinados a explicar las implicaciones culturales y sociales de las divisiones de roles de género en relación con el sexo biológico. Según los marchantes, se nace hombre o mujer, y punto. Posiblemente incluso nieguen realidades biológicas como aquella de los seres que nacen con una trisomía del tipo XXY, y que viven en su cuerpo la realidad del hermafroditismo o la presencia completa de los dos sexos. 
  • Se niegan, por otro lado, a la presencia de ciertos temas en la educación formal, y de ahí viene el título y la etiqueta de su famosa campaña: #ConMisHijosNoTeMetas. No quieren que en ámbitos escolares se hable de una serie de temas que detallaremos a continuación: 
    • La educación sexual. 
    • El placer ídem. 
    • Las diferentes orientaciones (no gustos) sexuales, más allá de la normatividad héterosexual. 
    • Los derechos de las personas LGBTI. 
    • Los métodos anticonceptivos de todo tipo. 
    • El aborto, sobre todo si no es voluntario.   
    • Otras implicaciones tales como el matrimonio igualitario o la adopción por parejas del mismo sexo.
  • Una pregunta que cabe en este punto es: ¿por qué estas familias no escogen para sus hijos colegios del Opus Dei o similares en donde simplemente, desde una estructura interna, no se imparten los conocimientos que ellos tanto temen. ¿Y qué hay del respeto hacia los padres que quieren que sus hijos SÍ aprendan los conceptos estigmatizados por la Iglesia Católica y otras denominaciones cristianas? ¿Adónde los llevan, si lo que se pretende es una prohibición y un ocultamiento?
  • Se dice que Jesús alguna vez sentenció: "La verdad os hará libres". Sin embargo, para invitar a su marcha y para posicionar sus ideas, los activistas contra la supuesta "Ideología de género" posicionan de entrada algunas falacias: 
    • Se comienzará a distribuir preservativos y otro tipo de métodos anticonceptivos en las escuelas y colegios. 
    • Existe lo que ellos llaman "gustos sexuales". Es decir, la orientación sexual se puede escoger. No es así. Así como nadie ha escogido ser héterosexual, tampoco nadie ha escogido ser homosexual. Simplemente son circunstancias que se dan, incluso más allá del sexo biológico y que tienen más que ver con las identidades de género (no ideologías).  De lo que se trata es de propiciar el respeto a la diversidad, no más...
    • La orientación sexual se puede revertir. 
    • Se impondrá de modo burdo y grosero a los niños el uso de métodos anticonceptivos. 
    • Se obligará a los niños a estar de acuerdo con todo lo anterior. 
El detonante de esta marcha no es otro más que la presentación de un proyecto de ley relacionado con la violencia contra la mujer. Es decir, hilando fino, podríamos inferir que todos estos marchantes están a favor de los comportamientos violentos de los machitos de nuestra sociedad contra las mujeres que de un rato a otro se han negado a seguir siendo sumisamente maltratadas, ignoradas, no tomadas en cuenta o incluso asesinadas. 

Llama la atención por otro lado, que estas bondadosas almas jamás hayan organizdo una marcha, por ejemplo, para pedir cuentas a tantos clérigos que han abusado de niños y niñas en las iglesias, en las catequesis o en otras instancias religiosas, amparándose en su supuesta autoridad moral y, en últimas, abusando de su espurio poder eclesiástico. Tampoco han marchado, al menos que se sepa, en contra del femicidio, que solo en el Ecuador, en lo que va del año ya bordea el centenar de víctimas. 

Cuando se mira el rótulo #ConMisHijosNoTeMetas, agresivo, duro, se piensa que de seguro es contra el abuso sexual infantil. Pero no, no hay tal. Lo que quieren es que sus hijos no tengan ni siquiera la básica información suficiente como para protegerse de esas y otras plagas. 

Bueno, ahí les dejo par videos para que vean más o menos de lo que va... 



miércoles, 4 de octubre de 2017

historias de traición


Fue Augusto Monterroso, ese gran escritor guatemalteco, quien dijo que la doctrina de Jesús había sido tan grande, tan profunda, tan revolucionaria y transformadora... que hubo que crear la iglesia católica para impedir que se cumpliera. Y más allá de las creencias particulares en relación a la existencia histórica real del arquetipo cristiano, podemos decir que, tanto si existió como personaje histórico real, como si solamente quiso representar a través del héroe solar la lucha por el desarrollo espiritual, así mismo fue, porque seguramente nada se opone más a la doctrina de amor, paz, lógica humana y ética que las iglesias institucionalizadas que dicen seguir la letra de los evangelios. 

Suele suceder, aunque no con la frecuencia deseable, que cada cierto tiempo aparece un líder transformador, generalmente de estructuras sociales o religiosas opresivas o con otro tipo de taras. Obviamente, la tarea nunca es fácil, porque además se echa encima a quienes detentan el poder y corren el riesgo de perder privilegios, y si algo no perdonan las élites espurias es que alguien se meta con ellas. Sin embargo, y siguiendo la sentencia de Monterroso en relación con la doctrina de Jesús, resultaría muy impopular oponerse directamente a doctrinas y acciones tan lógicas y a la vez novedosas, entonces los poderosos, que no se encuentran precisamente en sitios de poder por la transparencia de alma o por la humildad de su espíritu, realizan una jugarreta de todo punto de vista perversa: inventan cualquier cosa para destruir al líder innovador, y luego se abanderan con la misma causa, llámese amor al prójimo, justicia o revolución ciudadana, y a partir de allí comienzan a hacer toda clase de tejemanejes para recuperar las posiciones corruptas que habían perdido. Y todo eso -cáiganse- sin perjuicio de que puedan seguir construyendo iglesias y monumentos y cantando loas al mártir que ellos mismos (u otros muy similares) crucificaron o destruyeron.

Porque, ¿qué ha sido a lo largo de la historia la iglesia católica sino un instrumento de perpetuación de una tiranía enfermiza y una defensa de los poderosos que no vacilaba en ajusticiar a sus detractores por el amable método de asarlos vivos cuando osaban contradecir la mínima cosa?¿Y qué es la estructura jerárquica católica y la actitud de muchos de sus conservadores fieles sino una burda reproducción de las reprochables conductas farisaicas que tanto criticó Jesús en su tiempo, si es que realmente existió? 

Hoy en día, en Ecuador ocurre algo parecido: alguien que ganó las elecciones posicionando un discurso en el que ofreció continuar con el proyecto de la Revolución Ciudadana en este mismo momento les está entregando, en bandeja de plata, el país entero en peso a sus detractores: medios de comunicación privados, partidocracia, banqueros... y cada vez que puede hace declaraciones en contra de quien lo candidatizó e incluso de quienes votaron por él. 

La traición es evidente, y la realidad es que actualmente el país se encuentra secuestrado por una banda de dobles agentes taimados y mentirosos. Sin embargo, cada vez que pueden, le enrostran a la gente ser fieles a los principios de la Revolución Ciudadana. Evidentemente, sus acciones son absolutamente contrarias a los principios de este proceso político. Sus aliados más cercanos son no solamente los recalcitrantes enemigos del proceso y de su líder, Rafael Correa, sino además gente de la calaña del inefable Abdalá Bucaram, quien cuando fue derrocado salió del palacio de Carondelet llevándose dinero en efectivo en sacos de yute, o del indescriptible Lucio Gutiérrez, el rey del más grosero nepotismo, por poner dos ejemplos, pero ellos, haciendo gala de un cinismo incalificable, sostienen que su norte es la lucha contra la corrupción. Hablan de que ahora ya existe en el país libertad de expresión, pero no existe un solo medio que disienta de la información oficial, y no porque todos estén de acuerdo, sino porque en los ex medios ex públicos incluso está prohibido mencionar el nombre de Rafael Correa bajo pena de despido, y además se han cerrado al público los micrófonos de la Radio Pública para que la gente no pueda expresar su descontento. Hablan de una independencia de la justicia, pero es más que obvio que las últimas acciones de esta función se han apegado al libreto oficial olvidando cualquier transparencia posible.

Cabe decir, entonces, que la doctrina de Rafael Correa fue tan renovadora, tan transformadora y efectiva, que hubo que hacer algo así como dejar Alianza País en las arteas y cínicas manos de Lenin Moreno para impedir que su labor continuara. 

Y en esas estamos...

lunes, 18 de septiembre de 2017

la mujer del césar




Boltaire inauguró el año lectivo de la Sierra y el Oriente con un simpático discurso en el colegio Nacional Mejía. Dijo muchas cosas, pero de entre ellas sobresalieron un par que obligan a hacer un alto y cuestionarse un poco la realidad y la pertinencia de sus afirmaciones. 

Con cierta nostalgia, recordó sus años de colegio, transcurridos en el mismo establecimiento que lo acogía para la inauguración del año lectivo 2017-2018. Recordó que en aquel entonces estaban obligados a vestirse como adultos, aunque todavía no lo fueran, y recordó que en aquel tiempo, así, 'disfrazados de viejos', solía escaparse al conocido cine Hollywood, en el centro de Quito, para ver películas pornográficas, o tres equis (XXX), que es el género en el que ese cine se ha especializado desde siempre (salvo en la Semana Santa, en la que presentaban, en funciones especiales, “El Manto Sagrado”, pero a esa función no asistía Boltaire). No contento con el relato, ponderó la calidad de ese género con una exclamación: "¡Qué películas!" Luego también habló, ambiguamente, de “la primera sartada”, y mencionó la idea de que los jóvenes iban “a procurar que sea gratis aquello por lo que los viejos pagaban”.  

Es verdad que a veces ciertas alusiones pueden provocar algún tipo de cercanía desde el público, al comprobar la humanidad de sus autoridades. Pero… ¿tiene uno que mostrarse tan ‘humano’? 

No hay que olvidar que la inauguración de un año lectivo es un evento educativo y que las palabras de los mayores en tal momento deben sobre todo impulsar actitudes de integridad y otros valores humanos que se pretendería impartir como parte de los ejes transversales de un currículum que busca formar mejores personas. 

Unos días antes, Boltaire había ido personalmente a la Asamblea a presentar, con bombos y platillos y con una cobertura mediática inusual, un proyecto de ley para prevenir y castigar severamente el femicidio. Pero luego, en un ámbito público y sobre todo ante un auditorio mayormente adolescente, habla de su afición juvenil por el cine porno y, casi nada sutilmente, de su acercamiento a la prostitución. Ambos, cine porno y prostitución, son instancias en los que el cuerpo de la mujer se cosifica, que favorecen la hipersexualización en edades tempranas, que se relacionan con la trata de blancas, y que resultan altamente humillantes (cuando no peligrosas y potencialmente letales) para la mayoría de mujeres que se involucran en ellos. 

Decían los antiguos romanos que la mujer del César no solamente debe ser virtuosa, sino parecerlo. De igual forma, hay relatos, comentarios y chistes que funcionan mejor casa adentro. Que no son para nada convenientes ni ejemplares para quienes están por iniciar una nueva etapa en su vida educativa. No solo se trata de no matar a las mujeres como un repudiable hecho directo. También se trata de no involucrarse (ni de broma, y peor ponerlas como ejemplo frente a adolescentes en formación) en conductas que humillan y degradan lo femenino, tanto en su cuerpo como en su integridad emocional, por muy buena que haya sido la película.

martes, 8 de agosto de 2017

cuestión de fe


El alcalde Mauricio Rodas no da lo que se dice una buena razón. Aduce vagamente cuestiones administrativas, patrimoniales, una mezcla de conceptos que ni siquiera parece entender bien, antes de dictaminar que se eche cal encima del mural llamado Milagroso Altar Blasfemo del colectivo artístico boliviano Mujeres Creando y que, en algo que parece una burla, se exponga una fotografía del mismo en La Casa de Las Tres Manuelas. El que sí da razones aparentemente más coherentes, aunque no necesariamente válidas, es el concejal Marco Ponce, quien incluso pide la cabeza de la directora del Centro Cultural Metropolitano. Y por suerte vivimos en el siglo XXI, porque unas centurias antes habría pedido que la quemen en la hoguera a ella y a todas las mujeres que en doce escenas representan, de modo irreverente, sí, un poco procaz, también, pero bastante estético, el sentimiento que provoca el peso de una institución en sus líneas generales tan misógina y represiva como lo ha sido la Iglesia Católica durante la mayor parte de su historia. 

Pero los cuestionamientos no vienen del concejal Ponce, sino de más atrás. Y claro, se adivina: de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, esa noble institución que no manifiesta ninguna preocupación pública ante la noticia de que diecinueve sacerdotes han sido asesinados en México bajo el gobierno de Peña Nieto, por el narco y otras instituciones igual de respetables, pero que vive pendiente de cualquier desliz, por doméstico que sea, cuando de censurar temas políticos o artísticos en el paisito se trata. 

Han dicho que el mural ofende a Dios. Que 'lastima' la fe de la mayoría de la población ecuatoriana. Y en seguida vienen a mi memoria las palabras del maestro Fernando Vallejo en las páginas iniciales de su magistral crónica histórica La puta de Babilonia cuando se refiere a la Iglesia Católica: "la que reprime a las demás religiones donde manda y exige libertad de culto donde no manda". Porque durante muchos años la Iglesia Católica se dedicó a ofender a todos los demás dioses de las demás religiones que pretendieron cruzarse por su camino con algún riesgo de su poderío. Y no los ofendía pintando murales un poquito procaces, no: los ofendía incendiando sus templos, destruyendo sus imágenes con saña, prohibiendo la mención de su nombre, pasando a cuchillo, a espada o a fuego a sus creyentes. Sin embargo, se rasga las vestiduras ante un simple mural en donde se exponen unas cuantas escenas y, en últimas, que si no se desea mirar, no se lo mira. 

El mural ofende a Dios, arguyen. En el supuesto no consentido de la existencia de un Dios de las características del Dios católico y cristiano, ¿se ofende? ¿es suceptible de ser ofendido? Según algunas teorías, nos puede borrar de la faz de la tierra de un solo plumazo... pero no es él precisamente quien echa cal sobre el mural de la discordia. Según otras teorías, es todo amor, misericordia y comprensión, sabe lo pequeños que somos y siempre está ahí para acogernos en su seno. Entonces nada lo puede ofender. 

Por otro lado, no se sabe si llegue o no a lastimar la fe de la mayor parte de la población ecuatoriana. Y no porque esa sea una fe sensible o frágil (aunque si se lastima por algo así, capaz ni siquiera es una fe). Sino porque, en una ciudad en donde casi nadie visita los museos y hay que suplicar por la asistencia a los eventos culturales incluso de los estratos medios y altos, lo más plausible es que, si no le daban tanta bola, la mayoría de la población quiteña ni siquiera se habría enterado de la existencia del mural. Peor lastimado por lo que en él se muestra. 

Pero esos temas, diríamos de lógica formal y espiritual no lo son todo. Están también las violaciones detrás de la acción. Y la primera violación es la de un concepto que deberíamos haber respetado desde el triunfo de la Revolución Liberal pero no somos capaces de hacerlo: el concepto de ESTADO LAICO. El estado (llámese gobierno central, municipio, cabecera cantonal o junta parroquial) debe mantenerse al margen de cuestiones religiosas. No le está permitido censurar las creencias de diversa índole ni sus manifestaciones mientras no alteren el orden público. 

Para peor, el mural cuestiona los reales abusos de la Iglesia Católica a lo largo de la Conquista de América, historia que resulta ocioso repetir por lo conocida y verídica. No se puede tapar el sol con un dedo y negar lo que sucedió. Y por otro lado, es un colectivo de mujeres, entonces es peor aún, pues la misógina institución mueve sus hilos en esa dirección. 

En algún momento del anterior gobierno, a través de sus voceros, la Conferencia Episcopal Ecuatoriana lamentó (como un montón de gente que a cada rato decía lo que le daba la gana) que en el país se hubiera visto restringida la "libertad de expresión". No era tan así. Pero ahora, con cada paletada de cal que ha caído encima de un trabajo artístico y creativo, expresión de siglos de sufrimiento, se  ha irrespetado a ese sufrimiento y a sus víctimas, y se ha glorificado una vez más la estulticia, la represión ideológica y religiosa, el machismo, el sectarismo, mientras se insultaba la creatividad, el arte y la 'Libertad de Expresión', tan ardientemente defendida según su propia conveniencia por los principales hechores de este reprochable acto de censura.

jueves, 6 de julio de 2017

usted


Se puede lo que se hace
Julio Cortázar

Entre muchas otras cosas, usted se convirtió en un excelente espejo de lo que somos. Cuando lo elegimos por primera vez tal vez no nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo, y muchos se fueron ‘arrugando’ por el camino, porque cada uno encontró en usted aquello que podía reflejar y mirar. Y no les gustó lo que veían.
En otra parte dije que se equivocó. Obvio. Por experiencia sé que solo quien hace algo se equivoca. Y que es equivocándonos como aprendemos quienes tenemos la buena voluntad de permitírnoslo. La tarea que usted se impuso era casi superior a las fuerzas humanas, y no se diga a las fuerzas de una sola persona. Quizá para cambiar la mentalidad de este país harían falta un par de siglos. Y ni así. Pero usted fue el único, al menos hasta donde yo conozco, que asumió esa pesada carga sobre sus hombros.
Quiso enseñarnos a vivir de otra manera. Quiso ordenar el caos institucional. Quiso entregar dignidad a los pobres. Pronto se topó con las inagotables tretas de los que medraban del caos, de las élites que temen perder medio centavo de sus emolumentos, de quienes en el asistencialismo y la limosna encuentran el camino más idóneo para su protagonismo, aunque sea a costa de los necesitados.
En el espejo que usted fue durante los diez años que duró su mandato muchos vieron prepotencia, arrogancia, egocentrismo, grosería, odio, revanchismo, resentimiento social. Bastantes más vieron a alguien que venía a dividir al país, y recuerdo esa cita bíblica en la que Jesús dice: “No he venido a traer la paz, sino la espada” (Mateo, 10:34), porque de eso se trataba. La espada de la carta número ocho del Tarot: La Justicia. Espada que hace un corte, que marca un antes y un después, que da un tajo limpio entre lo que es, lo que debe ser y resuelve lo que podría ser.
Nadie es perfecto, y usted no tenía, no tiene por qué serlo. Apenas fue y es alguien con buena intención y mucha voluntad de cumplirla. Uno de esos seres que se echan el mundo a la espalda, como Atlas, y finalmente reciben la factura que el heroísmo les pasa a sus protagonistas: ingratitudes, groseras críticas, calumnias, infundios, burlas y escarnios de todo tipo. Hubo quien se dedicó a ‘contar’ los supuestos insultos que endilgaba a sus detractores (hay gente desocupada en este mundo), aunque personalmente solo recuerdo haber escuchado una palabra soez en todos sus diez años de mandato. Será porque usted no necesitaba declarar a cada rato que no se ‘ahuevaba’. No sabía lo que era eso.
Personalmente, yo aprendí de usted la firmeza en la defensa de lo que se cree correcto. La inteligencia y la lucidez para argumentar. Eso de estar siempre adelante del ‘enemigo’ para sorprenderlo con una acción que lo desarmará antes de que pueda iniciar el ataque. La brillantez de su juicio. La consecuencia con los ideales.
Lamentablemente, el camino de la política se parece más a la oscura callejuela de un barrio marginal que al camino de ladrillos dorados que nos gustaría que fuera. Si se quiere sobrevivir hay que ensuciarse los zapatos, y a veces hasta los pies. Usted hizo cosas que no me gustaron, y otras que no puedo aprobar por más que me esfuerce. Sin embargo, qué puedo exigirle yo a alguien que se echó encima la titánica tarea de transformar un país que ya amenazaba con volverse inviable, algo que, sin ir muy lejos, yo no habría asumido jamás.
Nunca vi en usted odio ni prepotencia, y peor la ‘tiranía’ que sus detractores quisieron endilgarle a través de medios de comunicación y de un bien pensado discurso que todo el mundo repite con acuciosidad de papagayo sin pensar en el verdadero alcance de las frases hechas y de su escasa relación con la realidad. Vi energía, vi una asunción de la autoridad que otros no ejercieron porque se bamboleaban peligrosamente entre el despotismo y la blandenguería y el esbirrismo ante los poderes fácticos. Vi empeño y deseo de transformar lo que parecía casi inamovible. Vi un país que salió del marasmo provinciano del parentesco y la componenda hacia un orden y una organización que, sinceramente, ya parecían inalcanzables. Vi fe en el país y amor a los más pobres, y un casi desesperado deseo de trabajar por quienes realmente lo necesitaban.
Y sobre la tiranía, la vida me permitió conocer a un tirano de verdad a mediados de la década de los ochenta. Fue allí donde sentí ese viento helado del pánico al caminar por las calles oscuras de mi ciudad por las que cada cierto tiempo avanzaba uno de los camiones del “Escuadrón Volante” encargado de ingresar por la fuerza en las viviendas de los sospechosos de cualquier cosa y llevarlos a la tortura y a una probable desaparición. Mientras en aquellos años había temor incluso de levantar la mirada, durante los diez años de su gobierno todo el mundo dijo lo que quiso desde todos los medios posibles, y gritaron y vociferaron en todos los tonos y de todas las maneras que no había libertad de expresión reforzando así el absurdo de su afirmación.
De su paso por el gobierno me quedan algunas imágenes inolvidables que atesoraré mientras la vida y la salud me lo permitan: su llegada al balcón de Carondelet la noche del 30 de septiembre de 2010, triste y decaído, pero firme en medio de la difícil textura del momento; su gesto dolorido al abrazar a las víctimas del terremoto de abril de 2016; muchas imágenes compartiendo con niños, quienes se le apegaban con toda confianza y cariño (¿otra referencia evangélica?); pero sobre todo el día del último cambio de guardia, cuando la plaza grande se llenó de gente que fue a despedirlo entre aplausos, banderas verdes y lágrimas de gratitud.
En este momento hay neblina en torno a la imagen del futuro que desde su mirada y su esperanza soñamos para nuestro país, y nadie sabe cómo se darán las cosas el día de mañana. Sin embargo, en una hora no tan luminosa para nuestra historia, pienso que algún día le diré a mi nieto que él nació en la época del mejor presidente que ha tenido nuestro país, del que tuvo un sueño para el futuro y que valoró el potencial de este pequeño pedazo de tierra que, hasta que usted llegó, era un punto desconocido del universo, secuestrado por oscuros poderes. Le contaré que de usted aprendimos todo lo que es posible para esta, nuestra tierra. Y en mis horas finales me sentiré orgullosa y agradecida de haber vivido los diez años del mejor, del más grande y transformador gobierno que pudo haber tenido hasta el momento nuestro país: el de Rafael Vicente Correa Delgado. Gracias por existir, querido Presidente, de todos los que he visto, el único que merece ser llamado así, con todas sus letras, y con todas las ganas.

jueves, 6 de octubre de 2016

la (mi) recuperación de rubén juárez (II)



Ahora sé, recién ahora,
distinguir la aurora del atardecer
Juanca Tavera

Un día, cuando decidimos dejar de ser paciente y terapeuta, mi hermano del alma Pancho Prado me obsequió un disco del gran Pedro Aznar llamado Caja de música. Allí Pedro cantaba un poema de Borges titulado “Buenos Aires”, y lo acompañaba en el bandoneón, así como en el recitado de los versos del principio, Rubén Juárez. No le presté atención. La voz que declamaba “Y la ciudad ahora es como un plano de mis humillaciones y fracasos…” era la voz de un hombre mayor, ya un poco rasposa, aunque bastante potente, nada qué ver con nada conocido. Lo que sí llamaba la atención era ese bandoneón enloquecido que llenaba todo el espacio sonoro disponible con una violenta y alucinante pasión. Me estremeció, pero no lo suficiente como para ponerme a averiguar nada, porque además mi vida se enfilaba entonces hacia diversos despeñaderos de los que por ahora tampoco vale la pena hablar.
Algunos años después, a fines de mayo de 2010, vi que mis amigos y conocidos tangueros lloraban sin consuelo en las redes sociales por el fallecimiento de un tal “Negro” Juárez. Vi las noticias, sin embargo, y más allá de los virtuales abrazos solidarios que suelo enviar a mis allegados cuando están sufriendo, no les presté mucha atención. Según yo, ese señor era un gran músico, pero nada entrañable para mí, como el Serrat, Susana Rinaldi, Mercedes Sosa, el mismo Pedro y otros más conocidos y escuchados en mi entorno.
Hace unos pocos días, ese gran cantor de tangos que es Martín De León vino a Quito y me invitó a un pequeño show que daba en la Creperola del Patio de Comedias. Fui, por ir, por cariño y también por nostalgia. Con Martín nos une como hilo invisible el amor por otra maravillosa artista y persona rioplatense: Alicia Crest, esa amiga que vivió ocho años en Quito y a la que todavía extraño con el alma. Pero bueno, en fin, disfruté mucho del show y  terminé llevándome un disco compacto que inmediatamente puse en el radio del auto para acompañarme durante el camino de regreso.
Mientras pensaba con nostalgia en mi amiga al escuchar sus letras en la voz de Martín, brotó de repente un vals tremendamente poético que me atacó directo al hipotálamo: “Tiempo de madurez”, decía en la tapa del disco, letra Juanca Tavera y música Rubén Juárez. Lo repetí sin cesar hasta llegar a la casa. Como ya era tarde, me fui a dormir, pero al otro día me puse a googlear a Rubén Juárez y vi al señor mayor que acompañaba a Pedro Aznar luciéndose con un bandoneón blanco en ese genial programa que es Encuentro en el estudio. Luego busqué el “Tiempo de madurez” para ver otras versiones aparte de la de Martín, y ahí fue cuando se dio el repentino viaje en el tiempo: de golpe, entre los compases del vals, me vi en la casa de la Jipijapa donde había ido a vivir a mis diez años, escuchando en “Argentina y su música” aquella preciosa voz que creía perdida para siempre. Mi corazón mirando al sur, me dije. La vida se enreda, se tuerce, nos lleva y nos trae, nos sacude, nos vapulea y nos eleva, pero sobre todo cuando menos lo pensamos nos conduce de regreso a eso que Armando Tejada Gómez llama “los viejos sitios donde (se) amó la vida”. Así que él era Rubén Juárez. Y ya se había ido. Ni siquiera había podido entristecerme. Ese “Tiempo de madurez” me atacaba directo a las glándulas lacrimales, como nunca pasó en los años de San Roque, ni en los de San Juan, ni en los de la Jipijapa. Me recorrí todo el Youtube, atarantada de emoción por lo que iba recordando y reviviendo, visité obnubilada la Wikipedia y cuantas páginas quisieran hablarme de él. Miré las fotos de aquel hombre joven, moreno y de hermosos ojos oscuros, tal como yo me lo imaginaba mientras las comprensiones me sacaban a trancos de la niñez. Y miré las fotos y los videos de aquel hombre mayor, con un notorio sobrepeso y un aspecto muy diferente al del joven, hasta que de repente sonreía, y sus ojos oscuros volvían a ser la maravilla de simpatía y ternura que de seguro habían hecho que todos sus amigos lo adoraran.
Rubén Juárez querido, donde estés, me cantaste tanto en la adolescencia sin yo saberlo. Adoré tu voz sin conocer tu nombre. Bailé a solas y a escondidas bajo un cielo de estrellas ignorando que ese era el título del bello vals  que le ponía alas a mi alma. Después te me perdiste entre los recovecos de los años. Mi amiga tanguera se fue. La vida hizo conmigo lo que quiso. No fui muy afortunada en el juego, y tampoco en el amor. Tuve hijos. Llegó un nieto. Escribí libros. Enseñé a adolescentes a amar la lectura y a ver el mundo por el lado del revés. Y sin saber, en una de esas vueltas del camino, reapareciste de cuerpo entero, ahora sí con nombre y apellido, a iluminar de nuevo mis días con el brillo de tu voz, con la dulzura de tu sonrisa y la enorme ternura de tus bellísimos ojos oscuros, más allá de la edad que hayas tenido cuando el gran misterio te arrebató de entre nosotros con la brutalidad de siempre.
Y así te recuperé, no importa cómo, solo para poder decir un "Gracias" a ti y a lo que sea que regule los pasos del destino, gracias por la compañía de la voz, de la música, y por las inevitables lágrimas que, en el tiempo de madurez, me hacen ver que, al contrario de aquella niña tímida del viejo patio del barrio de San Juan, ahora por fin ya sé dónde está mi corazón.

la (mi) recuperación de rubén juárez (I)





para Martín de León
Hoy, no sé,
Si es amor cada canción
Que guarda el corazón
Juanca Tavera

Esta historia, contrario a lo que se pudiera pensar, no ocurre en la vieja casa de San Roque, sino en un sitio igual de entrañable: la vieja casa de San Juan, como a un kilómetro de la otra. Esa era la casa de mis abuelos maternos, y de mi mami. Había un patio que un tiempo fue de tierra, y luego de cemento. Mis primos trazaron allí, con tiza, una cancha de fútbol que después alguien reforzó con pintura. En uno de los extremos de aquel patio había una piedra de lavar, y mientras alguien siempre lavaba a mano la ropa de la familia todos los niños jugábamos en el patio.
Corrían mediados de la década de los 1960 y desde la ventana de la cocina sonaba una radio portátil con algunas voces que poco a poco marcaban la memoria sentimental de cada día: Roberto Ledesma y su famoso “esa maldita pared yo la voy a romper algún día”, y otro, el inolvidable Alberto Podestá con sus quinientos metros de “Percaaaaal, ¿te acordás del percaaaaal?”, o Julio Sosa, homenajeado porque acababa de fallecer, recreando “La Cumparsita”, “El Choclo” y el “Rencor” que inunda la existencia de cualquier amante sufrido.
La verdad, no sé si es que yo entendía bien lo que rezaban aquellas letras provenientes de almas bastante atormentadas. Pero me encantaban y me conmovían hasta lo más hondo. Había una, espeluznante: “¿Dónde estás, corazón? No oigo tu palpitar; es tan grande el dolor que no puedo llorar. Yo quisiera llorar y no tengo más llanto. La quería yo tanto y se fue para no retornar”. Esa letra, en particular, era para mí, no porque nadie se me hubiera ido para no retornar, sino porque precisamente a mí se me dificultaba mucho llorar por intensos que fueran mis sentimientos de cualquier tipo, y desde la temprana edad de cuatro o cinco años ya me iba ganando una fama de insensible que no veas.
De otra cosa también me daba cuenta: había tangos y boleros. Y los boleros, por trágica que fuera la historia que contaban – cantaban jamás alcanzaban el dramatismo y la hondura de los tangos (con perdón de todos los boleristas que en el mundo han sido).
Esa música de infancia me marcó la vida, y fue de las cosas que comenzaron a cimentar la proverbial fama de ‘rara’ que tenía entre mis pares de generación, pues hasta que Joaquín Sabina apareció con aquello de la frente marchita, yo era la única de mi grupo que escuchaba tangos con verdadera devoción.
Y más, como (quienes me siguen lo saben) desde niña ya tenía la manía de contarme historias, mis historias se parecían mucho a letras de tango: muertes en la flor de la edad, enfermedades incurables, amores contrariados… Y llanto, mucho llanto, ese que yo no alcanzaba a concretar con la misma facilidad que mi mamá, mis abuelas o mis tías.
Pasó el tiempo. Tres de los cuatro abuelos se fueron para no retornar, llevándose grandes trozos de mi corazón, aunque nadie me hubiera visto llorar como exige la costumbre al uso (es tan grande el dolor…). Y nosotros también nos fuimos a vivir al norte de la ciudad, al sector llamado "La Jipijapa", en una casa sin patio de tierra, sino con jardín de retiro y dos pisos. Pero allí también había un radio. Y dentro del radio también habitaban muchos tangos. No recuerdo precisamente cuál era la emisora, pero durante todos mis años de secundaria y primeros de universidad, me acompañaba durante las mañanas un adorable programa llamado “Argentina y su música”. Era un programa como muchos sueñan que deberían funcionar las radios: ninguna voz humana si no era para cantar, y para cantar las músicas del patio de San Juan y de la casa de San Roque, reunidas en una sola deliciosa hora: zambas, chacareras, milongas lentas y rápidas, y sobre todo tangos a millares surgir. Nadie decía quién cantaba qué. Y no hacía falta. Lo que estaba ahí, eternizándose sin darse cuenta, era la indefinible emoción de ir comprendiendo cada vez más, junto con los dolores del crecimiento, después de cada ausencia para siempre, de cada sueño roto, de cada lacerante comprensión, de cada ilusión, de cada gratitud por ir sobreviviendo a los embates… en fin, ir comprendiendo el profundo sentido de esas poéticas quejas. Y también vino la información no solicitada: a algunos, como a Piero o a Los Fronterizos, ya los conocía de antiguo; pero poco a poco me fui enterando por ejemplo, que uno de los más alucinantes tangos se llamaba “Balada para un loco” y lo cantaba Roberto Goyeneche, o que aquella voz de mujer que erizaba todos los folículos pilosos del cuerpo pertenecía a una diosa de la música llamada Susana Rinaldi… y así.
Había, en particular, un tango que llegué a aprender de memoria en poco tiempo, y que registré  en un casete en cuanto la radio casetera llegó a nuestras vidas. Comenzaba: “Nací en un barrio donde el lujo fue un albur…” y… ¿adivinan? También hablaba de mí. De mi viejo de manos limpias y alma buena, del patio donde los primos trazaron la cancha de fútbol, de la dulce fiesta de las cosas más sencillas y cosas así. La voz era de hombre, timbrada, varonil y sin embargo tan conmovida como conmovedora. Y esa voz se repetía en otras letras, siempre con un brillo particular y con pequeños requiebros que solamente aumentaban su belleza. Me traspasaba el corazón, pero de buena manera, y ni siquiera sabía de quién era, aunque a veces me daba por imaginar a un hombre moreno, de bellos ojos negros detrás de las ondas del espacio radioeléctrico y el “scratch-scratch” de huevos fritos en el desgastado acetato de los discos.
Para contar lo que siguió tendría que escribir una autobiografía, y como son más de treinta años, la verdad, me da pereza, así que ni siquiera lo voy a resumir. 
(esta historia continuará...) 

domingo, 2 de octubre de 2016

un sitio seguro adonde ir



Éramos jóvenes. Casi adolescentes. Y estaba la música (ya saben, no quisiera regresar a las historias de la vieja casa del barrio de San Roque, pero a veces resulta inevitable, aunque no se preocupen, hoy no se hará). Estaba la música como esa presencia sagrada, sin que importara qué, ni quién, ni cómo. O bueno, siempre importaba, pero el gusto de los años universitarios era más bien ecléctico. Para la emoción y el éxtasis daba lo mismo un concierto de Brandeburgo, que la banda sonora de The Wall, o los poemas de Machado musicalizados por Serrat. Tan solo dependía del momento.
Y fue en uno de esos momentos cuando apareció aquella canción interpretada por una voz de hombre bastante juvenil. Y era de aquí, de Ecuador. Una música que para nuestra magullada autoestima como país sonaba como si fuera de otra parte. Así de buena se presentaba. La canción principal se llamaba “¿Adónde vas?” y acumulaba magia por toneladas en medio de su sencillez.
Por aquel entonces yo era una muchacha que estudiaba para ser profesora de literatura y que había ido saliendo despacio de la timidez cuando lo que escribía comenzó a gustarle a gente entendida en el asunto. No confraternizaba con la farándula y sufría por algunas de las mismas cosas que sufro ahora. También me alegraba y me extasiaba con las mismas cosas con que lo hago ahora, no se vaya a creer que era presa de algún extraño tipo de masoquismo. Y en ese ánimo cambiante de los años de la adultez temprana, la canción “¿Adónde vas?” marcaba un sendero, una dirección, exploraba un mundo que iba más adentro y más allá de las protestas sociales y de las quejas de amor no correspondido.
Eran tiempos de redefiniciones. Si bien íbamos acercándonos a la mitad de la década ‘perdida’ de los ochenta, la música latinoamericana en general eclosionaba en propuestas muy interesantes, por decir lo menos, y aquí en Ecuador aparecían también: Promesas Temporales, Jaime Guevara, y por supuesto el grupo Umbral, compuesto por Nelson García, Pancho Prado y Pedro Pino, con la canción que mencioné.
La vida siguió, o yo seguí la vida. Las historias de siempre: el trabajo, los amores, platónicos con más frecuencia de la deseada, las dudas existenciales, y la literatura y la música cobijándolo todo para volverlo llevadero y luminoso. Cada tanto, solía regresar a aquel casete en donde entre dos chasquidos de teclas mal sincronizadas se esparcían los sonidos de “¿Adónde vas?” acariciando el alma con la suave y a un tiempo tenaz esperanza que rezuman sus palabras.
Vinieron luego las tormentas esperadas e inesperadas de la existencia. Qué sabía yo entonces que una de esas tempestades me iba a conducir a conocer, no como músico, sino como psicólogo, a Pancho Prado que, por entonces, aparte de remendar almas laceradas y rasmilladas por los raspones del desamor y otras cosas peores, se encontraba preparando su primer álbum como cantautor solista. Qué sabía yo que el trabajo terapéutico me conduciría a conocer a quién sería uno de los mejores amigos (por no decir el mejor) con que la vida me ha podido regalar.
Pero eso está en el ámbito de lo privado. Y más allá de los movimientos emocionales que poco interesan a las multitudes, está el contacto con la música del dúo, o del grupo Umbral. Podría decir que también me honra mucho la amistad de Nelson García y de Pedro Pino. Pero más allá de eso, ya lo dije, está el talento, y no dentro de esa condescendiente frase que arropa el “talento nacional” con más conmiseración que admiración, sino el talento de verdad: el talento de quien pone cuidado y rigor a lo que hace, pero también lo hace amorosamente para con la música, para consigo mismo y para con el público que no se merece cualquier cosa para auparla con el pretexto de que es “talento nacional”, sino que espera y requiere de un trabajo de primerísima calidad, como es el trabajo que el pasado miércoles 28 de septiembre el grupo Umbral puso a consideración del público.
El Umbral es el sitio de paso. El límite superior de la sensibilidad. Y por él comenzamos a atravesar, casi sin saberlo, hace un cuarto de siglo de la mano de un par de jóvenes inquietos y talentosos que se la jugaron por el arte en un medio a veces un tanto hostil para cierto tipo de manifestaciones creativas. Ahora siguen aquí, igual de inquietos, igual de jóvenes (no es mentira ni ironía), igual de hermosos, igual de artistas e igual de talentosos. Y no sé en el caso de otras personas, pero en el mío particular, reviviendo con su arte y su genialidad lo que se pudo haber perdido de aquella joven universitaria que atesoraba su canción más conocida porque marcaba el rumbo de algún lugar seguro a donde ir sin miedo de perderse, ni de encontrarse.
Gracias por eso, Pancho y Nelson. Gracias, grupo Umbral. Que esta nueva puerta que se abre en estos días permanezca de par en par para su talento y su arte.

(La foto es de Ricardo Centeno)