lunes, 30 de septiembre de 2019

LOS TABÚES DE LA EXISTENCIA EN LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL



Una de las principales funciones del arte y la literatura es la de ponernos en contacto con las luces y sombras de la condición humana, con frecuencia revistiéndolas con la belleza necesaria para que sean digeribles y abordables. Para este fin, se echa mano de una serie de recursos retóricos, principalmente la connotación, el simbolismo, el humor y otros más, que ayudan a comprender y asumir mejor las transiciones, los cambios de etapas de la vida, las pérdidas y toda la vasta gama de situaciones perturbadoras de la existencia. Se podría decir, entonces, que, desde sus orígenes, la literatura infantil y juvenil ha abordado frecuentemente temas complicados y difíciles, ya sea de manera connotativa o denotativa, pues hacerlo ayuda a confrontar las adversidades y dificultades de la vida desde entornos más protegidos que la descarnada realidad, el sensacionalismo morboso o la intencionalidad torcida. 
 
No cabe duda de que, a estas alturas de la historia humana, habitamos un mundo y una realidad poco amigables para la inocencia, entendiéndose esta no tanto como la ignorancia de las circunstancias complicadas o escabrosas de la vida, cuanto como una mirada limpia y serena, pero también profunda e integradora de las vicisitudes de la existencia. En los medios de comunicación se va del sensacionalismo más ‘amarillista’ a la trivialización más burda de circunstancias como el amor, la sexualidad, la muerte, la sabiduría, la lucha por la supervivencia y el sentido de la vida y de la existencia misma de la humanidad. Desde una desvergonzada y traumática exhibición de lo más desagradable y repulsivo hasta la mofa intrascendente de lo más profundo y sublime.

Por otro lado, y paradójicamente, también vivimos en la era de lo políticamente correcto llevado a extremos risibles. Si bien por un lado lo desagradable y perturbador se entroniza en ciertos ámbitos, y lamentablemente muchos de ellos cercanos a los adolescentes, por otro lado existe una hipersensibilidad a todo aquello que pudiera, de una u otra manera resultar ‘ofensivo’ para sensibilidades de diversos grados, incluso por el solo hecho de describir realidades concretas. De ahí que se hayan vuelto insultos sin serlo términos como ‘ciego’ o ‘sordomudo’, que en el fondo no hacen más que nombrar la condición de las personas que carecen de la vista, el oído o el habla, y que hayan terminado siendo reemplazados por expresiones como ‘no vidente’ o ‘deficiente auditivo’. De ahí también la desesperación inclusiva que nos lleva al ‘todos y todas’, o al ‘todes’, en lugar de simplemente utilizar una elipsis y eliminar el vocativo del saludo, lo cual resultaría más inclusivo y menos polémico en la mayoría de los casos.

La búsqueda de equilibrio es una constante en todas las actividades humanas, y se trataría entonces de encontrar un justo medio que haga honor al refrán “Ni tanto que queme al santo ni tanto que no le alumbre”. Y es desde esta perspectiva desde donde los recursos literarios en general y narrativos en particular pueden ayudar a tratar los temas complejos. Lo vienen haciendo desde hace tiempo los cuentos tradicionales, mal llamados ‘de hadas’, reproducidos en versiones de Perrault, Andersen o los hermanos Grimm.

Cabe señalar también, como información útil y adicional, que la niñez no siempre fue tan bien tratada (al menos en teoría) como en nuestro tiempo. En la Edad Media abundaban los niños huérfanos o abandonados de los que nadie se ocupaba. Y no eran raros aquellos episodios consignados en relatos como “Hansel y Gretel” o “Pulgarcito”, en los que los padres, desesperados por la supervivencia, abandonan a sus hijos en medio de un bosque para que se busquen la vida o para que la sabiduría de la naturaleza los conduzca a un destino tan trágico como misericordioso. Sin embargo, estos sucesos, entre otros, también tienen un valor simbólico dentro de las narraciones populares europeas y de otras regiones del mundo.

Algunos ejemplos representativos están en los típicos cuentos en donde muere la madre dulce y
cariñosa y es reemplazada por una madrastra envidiosa y cruel, mostrando así, de modo simbólico, la ruptura de la niña que se vuelve adolescente con la madre que de repente ya no la comprende y le impone normas y reglas que pretenden frenar la exuberancia de la edad. Así, Cenicienta y Blanca Nieves, o Elisa, de “Los cisnes salvajes” de Hans Christian Andersen, se ven enfrentadas a la vida desprovistas ya de la ternura materna para construir su propia feminidad, diferente e individualizada después de las pruebas de la vida que han debido enfrentar ya solas y sin el apoyo de la madre bondadosa, sino incluso a pesar de su rechazo y rivalidad.

Un típico ejemplo de cómo enfrentaban uno de los temas más escabrosos de la vida es el cuento recopilado y formulado por Charles Perrault, “Piel de asno”: la historia de un reino feliz, cuyo mayor tesoro era un asno que defecaba monedas de oro, y pertenecía a la pareja formada por un rey magnánimo y bondadoso y una reina marcada por la más absoluta perfección física y moral, quien, agonizando a causa de una extraña enfermedad, arranca a su esposo la promesa de que solamente se volverá a casar con alguien igual o mejor que ella. Tras el deceso de la reina y los amargos días del duelo, el rey se embarca en una larga, desesperada e infructuosa búsqueda de una nueva esposa, hasta comprender que esos requisitos solamente los cumple su hija adolescente, a la que comienza a perseguir denodadamente para contraer matrimonio. Asesorada por su hada madrina, la niña no se niega de plano a acceder a las pretensiones paternas, pero le pone en primer lugar la condición de que le entregue un vestido color del tiempo (la madurez), luego un vestido color de luna (la energía femenina), más tarde un vestido de color de sol (la fuerza masculina para defenderse), y finalmente la piel del asno que la acompañará en su descenso a los infiernos. Disfrazada con este último atuendo, la niña es llevada lejos de su hogar y del mundo por ella conocido para enfrentar humillación, escarnio y duros aprendizajes de la vida tras los cuales finalmente encuentra la integración de su ser, simbolizada en el amor del príncipe de un reino lejano. Y  es así como conjura los fantasmas del incesto y sus funestas consecuencias.

La lectura literal de estas historias, muchas veces signada por prejuicios nacidos de un feminismo más allá de radical, impide que se descubran los verdaderos sentidos ocultos entre sus líneas, y las respuestas simbólicas, no reales, que presentan ante los desafíos y retos de la existencia. Al ser relatadas en una infancia temprana, estas narraciones advierten de una manera sutil y siempre simbólica, enfocada más en una sabiduría inconsciente antes que en un conocimiento racional, de los escollos que se irán presentando en el siempre difícil y con frecuencia peligroso camino de la individuación.

Hace algunos años llegó a mis manos el libro de relatos Pequeñas avalanchas, de la autora norteamericana Joyce Carol Oates. Estaba editado por Norma, en su colección Zona Libre, es decir que era un libro para adolescentes a partir de los quince años y adultos jóvenes.  Esta colección de cuentos, al igual que otra, publicada por la misma editorial, y titulado La vida después del colegio, consta de algunos relatos que abordan el lado oscuro de la adolescencia de las niñas y jóvenes en el ámbito de la sociedad norteamericana de fines del siglo XX y principios del XXI: los secuestros, la pedofilia, los asesinos en serie y sus obras, la exposición a diversos peligros y, en últimas, su extrema vulnerabilidad. Si bien todas las historias guardan elementos ocultos, no ahorran escenas perturbadoras, muchas veces de un desagradable tinte naturalista, lo cual, sin embargo, no desanima a la lectura sino que le presta cierto tipo de morboso suspenso. Parecería que solamente una escritora tan entrenada, magistral y osada como Oates puede nadar con éxito en arenas movedizas y no ahogarse en el estilo naturalista de su propia narración. Y si bien sus relatos pueden llegar a ser extremadamente perturbadores, la enorme calidad literaria ayuda a temperar esa característica.

Los niños y adolescentes de nuestro tiempo se encuentran expuestos a una información muy abundante y sin filtros respecto de todos los aspectos de la existencia. Son ellos quienes manejan los recursos para entrar a la deep web en donde, entre otras cosas, campean los contenidos prohibidos y aberrantes. Hay que  tomar en cuenta la curiosidad, los deseos de saber, y así mismo los deseos de transgredir, de irse contra lo prohibido, de conocer de otras fuentes lo que sus padres, maestros e iglesias estigmatizan por mórbido, inmoral o inadecuado.

¿Cuáles son, per se, los llamamos ‘temas difíciles’ en la literatura infantil, juvenil o incluso en toda la literatura? Generalmente estos temas se encuentran en los orígenes y los finales de la existencia, es decir se relacionan con la sexualidad y con la muerte. Y por ende, también con todo aquello que pone en peligro la vida y una visión optimista y límpida de la existencia. Parecería que todo lo que suene escabroso, sórdido o atemorizante debería estar excluido de la literatura infantil. Sin embargo, están presentes en la vida, con toda su carga destructiva y aleccionadora. ¿Qué nos queda, entonces, por hacer si somos lectores, escritores, maestros o padres de familia ante la reelaboración literaria de las vicisitudes más perturbadoras de la vida?

Algunas consideraciones prácticas y finales:

      La vida no es políticamente correcta: ¿qué se quiere decir con esto? La enfermedad, la adversidad, el dolor, la locura y la muerte forman parte de toda vida que se respete. Tarde o temprano llegan, a veces se instalan cómodamente. Si el arte y la literatura pretenden reflejar la vida, no se puede aspirar a que nos presenten un mundo exento de lo que, por mucho que nos duela o nos moleste, le pone emoción y sabor a la existencia.

      La vida no tiene un final feliz: esto es obvio. En el final de toda vida humana, y a veces no humana, hay dolor y llanto, por mucho que las creencias humanas prometan otras cosas.

      El arte y la literatura no son libros de texto de ética, moral y cívica: una de las preguntas que más me chocan en los conversatorios con estudiantes, sobre todo de escuela o colegio, es aquella invariable: “¿qué mensaje (enseñanza, consejo…) quiere dar a los jóvenes con sus libros?” ¡No sé! Después de todo, ¿quién soy yo para decirle a cualquier persona, sea de la edad que sea, que se cepille los dientes, salude a su abuelita, vote por tal o cual candidato o diga sus oraciones antes de dormir? Las obras de arte, y particularmente las literarias, salvo quizá las fábulas (y aun esto es cuestionable) no están hechas para moralizar. Otra cosa es que trasluzcan la visión del mundo y la ética personal (o su falta) de quien las ha creado. La sencilla aspiración de un creador es esa, nada más: crear una obra de arte, llámese la Mona Lisa, la Ilíada, Los miserables, Saló o los 120 días de Sodoma, Poderosa Afrodita o “La crucifixión de Pedro”. Y si menciono estas dos últimas es precisamente porque, por mucho que nos duela, el hecho de que sean la creación de un pedófilo y un asesino no disminuye en un ápice su belleza ni su sublime grandeza estética.

      Como adultos, tenemos una responsabilidad ante los menores: a pesar de todo lo afirmado, debemos estar conscientes como educadores, seamos padres, madres, profesoras o maestros de que no cualquier niño de cualquier edad puede ser expuesto de cualquier manera a cierto tipo de contenidos, incluso si la misma vida lo ha hecho ya con su característica falta de tino y pedagogía. Por otro lado, ciertos contenidos literarios, ciertas historias, ayudan innegablemente en los procesos de resiliencia de los niños expuestos a la crueldad de ciertas existencias. Pienso, por ejemplo, en la conmovedora novela Mi planta de naranja-lima del gran escritor brasileño José Mauro de Vasconcelos.

Según Alejandro Jodorowsky, si el arte no sirve para sanar, no sirve. Sin ir a posiciones tan extremas, tal vez podríamos pensar que, bien utilizado y más allá de la peripecia personal de los creadores, el arte puede ayudar en la resiliencia y en la reelaboración del sufrimiento para obtener de él algo más que traumas y amargura. Tal cual lo decía el gran poeta Antonio Machado en uno de sus más bellos y conocidos poemas:

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;



y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas

blanca cera y dulce miel.

Quito, 26 de abril de 2019
Ponencia presentada en el encuentro de LIJ "Trompo" auspiciado por la USFQ

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