martes, 22 de noviembre de 2011

CON MI CORAZÓN EN YAMBO, O EN UN BUEN DESQUITE NO HAY VENGANZA

No he querido intervenir en seguida, aprovechando la efervescencia del momento. He querido dejar reposar las emociones, pensar un poco, observar el cauce que van tomando los hechos tras la exhibición del documental de Fernanda Restrepo Arismendi, Con mi corazón en Yambo.
Como todos quienes vivimos en el Ecuador en la segunda mitad de la década de los ochenta, recuerdo el suceso. Y recuerdo otras cosas: las fotos de supuestos guerrilleros muertos a balazos que aparecían en la prensa, por ejemplo; el apresamiento de tres jóvenes hermanos universitarios (cada uno de una universidad de las tres que existían en aquel entonces: Central, PUCE y Politécnica); el estremecimiento al sentir el paso de un camión de escuadrón volante por al lado de una. A nuestra manera, este paisito también tuvo su reinado del terror. Teníamos miedo. No el miedo de utilería que se pretende reciclar en estos días. Un miedo de verdad. Porque aquel gobierno, que técnicamente  tampoco era una dictadura, sí se comportaba como tal: ahí sí hubo represión, muerte, tortura, desapariciones forzadas...
Se han dicho muchísimas cosas sobre el documental de Fernada Restrepo. Y casi todas están encaminadas al hecho histórico de la desaparición. Sin embargo, yo quisiera centrarme en el coraje y los arrestos de esta mujer joven, aparentemente frágil, que ha sabido hacer del dolor de su familia un testimonio más allá de lo circunstancial. Porque la obra de Fernanda Restrepo es, además de un documental, el relato épico de la lucha de una familia, y particularmente de dos personas, por mantenerse a flote en medio de la tragedia que, por otro lado, no es solamente el secuestro, la muerte y la desaparición de dos niños inocentes, sino el enfrentamiento de la gente de bien con las formas más arteras, solapadas y estridentes de la perversidad humana.
Sorprende la capacidad policial e institucional para negar lo evidente. Tal como los niños pequeños cierran los ojos y así piensan que no se los ve, los implicados en el caso Restrepo y en otras acciones policiales contra la gente, como el 30 de septiembre, piensan que negando lo que todos sabemos que sucedió los hechos podrán desaparecer del pasado.
Con mi corazón en Yambo es una suerte de llanto. Esos llantos que solamente el arte nos permite llorar, más allá de las lágrimas líquidas y los sollozos desgarrados. El llanto de una niña cuya tragedia comenzó la tarde en que nadie la pudo ir a recoger de una fiesta infantil. El llanto de una familia que aprendió las diversas variaciones que la pena y la indignación encuentran para manifestarse y para convertirse en emociones trascendentes más allá de la simple lamentación. Porque gracias a este llanto de Fernanda Restrepo, gracias a sus imágenes y a su particular y estremecedora poética los ecuatorianos y ecuatorianas también podremos llorar la lástima de nuestra institucionalidad, el asco de la consuetudinaria maldad de quienes deberían cuidar de nosotros, la vergüenza ajena de su cinismo y su hipocresía. Y tal vez ese sea uno de sus mayores méritos.
Mucho me temo que, yendo en contra de la defensa de su honra, la Policía y los gobiernos de turno de aquel entonces jamás reconocerán su verdadera participación en este crimen y en las circunstancias que condujeron a él. Sin embargo, me atrevería a decir que ya no hace tanta falta. Fernanda Restrepo Arismendi ha sabido hacerse justicia por su propia mano sin necesidad de mancharse de sangre, como solo las almas nobles lo pueden hacer: a través del arte, de las imágenes y de la palabra, por encima del odio y la bajeza de quienes sembraron el dolor en su vida y la de su familia.

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